miércoles, 20 de noviembre de 2013

Tailandia, el comienzo del final: Paso por las islas del Este


Hay viajes que cambian. Cambian personas tanto por dentro como por fuera. Cambian percepciones de uno mismo y del mundo. La cualidad de un lugar remoto, de una persona remota, de algo tan lejano a nosotros que al encontrarnos con ello sintamos que hemos despegado de la realidad, esa cualidad nunca debe de ser subestimada.

Mi viaje llega a su fin. Tailandia es la última parada de esta línea vertiginosa que ha recorrido una parte muy especial de Asia. No podía ser de otra manera, acabar aquí, donde los caminos parecen confluir en una vorágine de estímulos que ha conducido a muchos a la locura, al final definitivo de sus viajes, o al principio de otros deambulares más oscuros.

Un periplo tan largo como el mío por Tailandia no debe contarse al por menor, pues aquí no estamos para aburrir a nadie. Quizá el dibujo que quiero hacer de Tailandia deba ser más abstracto, más personal que el presentado en un mero diario.

Son estas mis impresiones sobre un lugar que me hizo pasearme por el filo, con un pie excitantemente suspendido sobre el abismo.

Durante la primera parte de este gran viaje, de unos 20 días, Manu fue mi compañero. Un aventurero con inquietud nata y muchas ganas de moverse, como yo, cuya presencia siempre fue un plus y nunca un contra. Buen caminante y apasionado de las artes marciales y la vida en Asia, suficientes puntos en común como para que este fuera ya nuestro segundo paseo por esta región del mundo. Nuestras idas y venidas por China y Nepal pueden ser seguidas en su blog, el proyecto Ronin: http://roninatravesdeasia.com/a-traves-de-asia/nepal/.

Yo le presento Kuala Lumpur durante los dos primeros días tras su llegada, primera vez en el sureste asiático. Calor ¿eh?

De las torres Petronas a Chinatown se camina deprisa y admirando los edificios británico-musulmanes, indios y chinos, los pedazos de selva aislados entre las mareas de cemento, y el cóctel étnico que sigue creándome fascinación después de seis meses en la ciudad. Nuestro hostal es agradable, aunque esté inquietantemente lleno de gente desagradable. Entre ellos destaca el señor Stanley Gouri, miembro del clan de los Gouri, tres pakistanís dedicados en cuerpo y alma al digno arte de la holgazanería y el estorbo. Las prácticas horrendas de Stanley incluyen la llegada etílica a la habitación, la exhibición ridícula y ligera de ropa de muay thai en la recepción, y la fotografía de otro de los Gouri desnudo y desmayado por la ingesta de alcohol en nuestra litera de abajo. No Cool..

Aquellos días en Kuala Lumpur tan solo son el principio o la antesala, y no es hasta que no nos despertamos a las cuatro de la madrugada para coger el vuelo a la isla de Phuket que no sentimos que estamos a punto de embarcarnos en una nueva serie de correrías asiáticas.

Pocas horas después de un nuevo despegue desde el archiconocido aeropuerto de KL, las grandes columnas de piedra que forman los islotes diminutos y deshabitados del sur de Phuket aparecen debajo de nuestro avión como caparazones de tortugas gigantes llenos de vegetación. La escena me deja sin habla.

Phuket, no obstante, es un lugar feo al que más tarde, ya sin Manu, habría de volver para pasar una de las noches más erráticas de toda mi vida. Por el momento, tres autobuses y después un barco nos llevan al otro lado de la estrecha península, que es más un dedo largo de tierra que une Bangkok con el Norte de Malasia que una península propiamente dicha. Lo que veo desde el autobús me parece una mezcla entre cosas de Malasia y cosas de Camboya. Esto puede sonar evidente ya que Tailandia está justo en medio de los dos, pero no deja de estar de más darse cuenta de cosas. De que el nivel de vida no es ni tan acomodado como el de Malasia ni tan paupérrimo como el de Camboya, de que el terreno es montañoso y tapizado de jungla como en Malasia, pero barrido por un calor algo más seco, como en Camboya. Vemos elefantes durante el camino, en la selva, ayudando en tareas de recolección. Esto me recuerda más a Nepal. Tailandia es un país en el que se mezclan muchas cosas, y donde lo mejor convive muchas veces puerta con puerta con lo peor.

Durante el trayecto en barco, conocemos gente. En su mayoría backpackers que han venido a pegarse la madre de todas las juergas. Entendible. La gente parece ir con otro chip activado en Tailandia, hay un ambiente relajado y muy agradable entre la comunidad de viajeros, y esto hace que conocer gente sea algo tan fácil como relajarse en una cubierta de un barco al aire fresco nocturno, con una cerveza Chang en la mano.

Veo mucha gente estresada cuando nos bajamos del barco en Koh Samui y resulta que no hay más transportes a otras islas, tan solo un puerto desierto con dos taxis en los que no cabemos todos. Backpackers poco acostumbrados a los ritmos de Asia. Aquí estresarse solo empeora las cosas. Y así debería ser en todas partes.

Como somos gente maja, dejamos que cuatro chicas americanas que se han quedado sin barco hacia su destino final se monten en el taxi con nosotros. Tenían un hotel (que no hostal) reservado en Kho Phagnan, así que no solo se han quedado tiradas sino que además han perdido bastante pasta, pero están de buen humor. Esa noche acabamos todos alojados en unos bungalows bastante bien puestos con piscina y cercanos a la playa, por encima de los cuales vuelan aviones extremadamente bajos que van y vienen del aeropuerto de Koh Samui, quizá por eso sean tan baratos. Al grupo se ha unido un brasileño de 19 años que no para de tratar de llamar la atención de las chicas poniéndose la mayoría de las veces en evidencia, y un callado canadiense de la parte francesa que habla peor inglés que yo pese a venir de un país anglosajón.

Salvo Manu, el resto de personas del grupo me aburren. Dos de las chicas americanas, de origen filipino, no comen ni pasta ni pollo porque engorda, durante la cena piden ensaladas, lo cual es un concepto que a duras penas se trabaja en la cocina tradicional asiática (En una cocina de corte sencillo, ¿Cómo va a comerse algo que no llene ni alimente?). Es por esto que no prueban el delicioso Pad Thai: los noodles fritos de estilo tailandés con cerdo o pollo y verduras que constituirían mi dieta durante los veinte días que estaría deambulando por Tailandia. Me gusta el toque original que se consigue añadiéndole cacahuetes molidos, y también el hecho de que se pueda averiguar el nivel de vida y el del turismo de una zona concreta tan solo mirando al precio del Pad Thai, que está en todos y cada uno de los restaurantes como primer plato de la carta. En las islas del Sur, donde es prácticamente imposible encontrarlo a menos de 60-65 bahts (aproximadamente un euro y medio), hay quien dice que en algunos barrios de Bangkok se puede comprar en puestos callejeros por 30 bahts.

Pese al ligero tedio, la noche acaba como debe acabar una noche que se precie en Tailandia: Cerveza barata en la playa, pibas mochileras, un baño de medianoche en la tibia piscina del poblado de bungalows, y un encuentro surrealista con un greco escocés homosexual llamado Athos al que una prostituta ladyboy borracha le ha engañado para venirse a dormir a su bungalow (En efecto, encuentros en la tercera fase como este se sucedieron durante casi todas nuestras noches en las islas del sur, y más tarde durante mi aventurilla en Bangkok. Cambiando tan solo el nombre, la nacionalidad y la singularidad de la situación en concreto, que fue en aumento gradual).

Así era la vida en Tailandia, disoluta como ninguna. Una vida que hacía sentirse a uno mal por momentos, como si después de alguna de estas noches fuéramos a vernos obligados a trabajar diez duros años en una mina para compensar semejante falta de preocupaciones y ocupaciones.

Los únicos momentos estresantes del día a día ocurrían en las agencias que vendían los pasajes entre islas, y en los muelles. Con arduas negociaciones y precarios acuerdos sobre precios inflados. Con hoscos funcionarios con el odio al occidental marcado en cada gesto. Con largas esperas sobre maderas podridas y basura portuaria, y dificultades para encender cigarrillos frente al viento.

Pero ese es el precio a pagar por saltar de una isla a otra, por admirar cada puntito de belleza en el mapa. Una vez en Koh Tao, la isla Tortuga, hemos dejado atrás a toda la gente que habíamos conocido en Koh Samui. Es algo así como empezar de cero tras cada barco.

Un nuevo hostal, esta vez en lugar de arañas, hay ciempiés circulando por las zonas comunes. Se respira una tranquilidad de bahía tras el bullicioso muelle de Koh Tao, un ambiente propicio para relajarse y pensar en desenterrar tesoros de piratas chinos que llevan siglos bajo el gran caparazón de tortuga al que se asemeja la isla.  También para caminar despacio entre el ritmo y las gentes tropicales de la isla. Como siempre, una internada en la selva es casi obligada, al menos hasta alcanzar algún risco desde el que dominar las breves costas. En estas islas montañosas, todo es cuesta arriba una vez que has dejado atrás la orilla del mar: buen ejercicio para las piernas, y buenas vistas. Deberíamos haber traído un catalejo.

Islotes tortuga en Koh Tao, foto de Manu



Oteando, foto de Manu


El arduo camino de los piratas



A la noche, bares-cabaña donde las olas entran con desparpajo y frescura hasta las improvisadas pistas de baile. Gente con los cuerpos pintados y tailandeses haciendo malabares con fuego. Hay una fiesta de buceadores que celebran que han acabado un curso de nivel nosequé. Un viejo toca la batería siendo salpicado por olas especialmente fuertes esa noche. Las ladyboys campan a sus anchas a partir de las 2, como siempre, cuando los blancos ya van suficientemente animados como para no distinguir con quien se van a donde quieran que descansen sus macutos…

Al día siguiente, alquilar una moto para un día entero por el equivalente a tres euros y medio suena demasiado bien como para no hacerlo, aunque no hayamos montado en una en nuestras vidas. Nos dan la moto, que es más bien una motillo, sin casco y sin pedirnos el carnet: otra maravilla asiática. La precaución inicial enseguida se disipa en un chute de confianza, y acabamos metiéndonos por una carretera con muy malas pulgas en busca de un gran esqueleto de ballena que aparece en nuestro mapa y que yo me he empeñado en encontrar. Tras unas cuestas en las que parecemos a punto de volcar hacía atrás por falta de adherencia, curvas cerradas, y trozos de firme ondulado, pasa lo que tenía que pasar, me salgo de la carretera y mi motillo cae aparatosamente sobre los helechos del sotobosque que antecede a la profunda jungla que nos rodea y aísla. Por suerte, un rasponazo es todo lo que tengo que lamentar sobre mi cuerpo. No puede decir lo mismo la moto, que yace maltrecha entre la maleza con el espejillo doblado en ángulo imposible, una luz rota, y feas ralladuras en el costillar.

Como sospechamos que la verdadera fuente de ingresos de estos micro negocios de  alquiler de motos son los cargos por desperfectos del vehículo, antes de devolverla tratamos de adecentar la motillo lo más posible y llenamos el depósito con unas botellas de wishky llenas de gasolina que nos venden en el camino (no podemos deshacernos de las motos y largarnos sin más pues tienen el pasaporte de Manu como fianza). Bajo una intensa lluvia, que parece predecir el desfalco, el chavalín joven del alquiler me revisa la moto de arriba abajo descubriendo todo el pastel, y viene con el parte: 100 euros a cambio del pasaporte de Manu. El esqueleto de ballena no los valía…

El bar Loto

Playa de Sai Ree

Barcos al anochecer

Koh Tao podría perfectamente ser el afterhours al que venir tras las estridentes fiestas de Koh Phangan, isla vecina (Koh Samui, Koh Phangan y Koh Tao, las islas más conocidas de la costa Este); y su pinchada sería un chill out muy ligero, que puede prolongarse durante horas y horas mientras el cuerpo descansa en uno de los asientos con cojines que hay dispuestos a lo largo de las playas de polvo blanco. Playa y jungla para ordenar las sensaciones extrañas que advienen a mente y cuerpo después a todo exceso.

Pero nosotros lo hacemos al revés. Primero descansamos, sin saber muy bien de qué, en la isla tortuga y después nos unimos a toda la vorágine de peregrinos en busca del placer supremo que se dirigen a la Full Moon Party de este mes.

El barco va demasiado deprisa. Alguien ha debido de ver que muchos de los pasajeros (incluidos nosotros) llevaban ya al embarcar un número considerable de cervezas tanto en bolsas de plástico como en el interior de sus cuerpos, y ha decidido que es divertido verles tambalearse y dar tumbos por las cubiertas, vomitar por la borda y estar a punto de caer por las empinadas escaleras con cada violento golpe de oleaje. Realmente lo es. El único problema es que, el barco mucho más lleno de lo indicado, el inusual oleaje, y la velocidad, son elementos adversos que también nos afectan a nosotros. Acabamos obligados a refugiarnos en una esquina junto a unos cubos de basura con gente cayéndonos encima y pisándonos casi todo el rato. Un guaperas alemán que va a la fiesta desde Koh Tao con 60 bahts como toda pertenencia se une a nuestro grupo, y más tarde en el puerto de Koh Phangan, lo hace un holandés silencioso, obeso y algo sospechoso. Todos tenemos el mismo destino y todos sabemos que es bueno compartir gastos. Además la charla con el alemán es agradable.

Los bungalows de Koh Phangan son más baratos que los encontrados en las dos islas vecinas. También son más ruinosos, y la estancia se comparte con unas agradables arañas negras peludas que se niegan a abandonar la habitación. Koh Phangan es una isla más adaptada para el backpacker de presupuesto bajo, con una mayor cantidad de tiendas de alcohol muy barato, un pad thai de peor calidad, y por supuesto la mejor fiesta, la Full Moon Party.

La fiesta de la luna llena es una de esas celebraciones en las cuales los asistentes se escudan en la singularidad y la tradición para justificar excesos que no cometerían en ninguna otra noche del año. Lleva organizándose mensualmente en cada noche de luna llena desde el año 85 y, lo que empezó siendo una reunión de amigos viajeros se ha convertido en una de las fiestas más concurridas del planeta, con entre 20.000 y 30.000 asistentes cada año, la gran mayoría occidentales.

En realidad, no es tan especial. Ni tan distinta de cualquier otra rave en cualquier otra parte del mundo. La misma música de siempre, alcohol, drogas, tías semi-desnudas, luces brillantes y centellas en miles de ojos vidriosos. Como novedad, el fuego. Y es que en las playas de Tailandia es un elemento casi omnipresente en cada fiesta o lo que es lo mismo, en cada noche. En luna llena el fuego es más grande y quema más. Hay combas con cuerdas ardientes en los que los borrachos saltan y caen al suelo, muchos de ellos con quemaduras en las piernas. Hay limbos de fuego en el que un mal movimiento puede dar con tu cara a la brasa, también hay malabaristas y acróbatas: tailandeses adolescentes que dominan varas, aros y boleas ardientes como si fueran extensiones de su cuerpo fibroso y escuálido, algunos sobre la arena de la playa y otros en equilibrio precario, sobre barras o cuerdas.

Aquello parece un circo de piromantes, pero sigue siendo una fiesta, y el alcohol lleva fluyendo a ritmo vertiginosos por mis venas desde la isla anterior. A diferencia de los de Manu, mis saltos en la comba de fuego me producen más vergüenza que orgullo. Y lo último que recuerdo es cambiar la botella de cerveza barata con sabor a sidra por una de whisky tailandés de baja gama, con ese color claro de agua sucia y ese olor a perfume de prostíbulo. Y dar un trago como si aquello fuera un refrescante cáliz en las últimas estribaciones de un desierto.

El resto de la noche me viene a la cabeza a la mañana siguiente en ráfagas confusas y dolorosas, como puñetazos certeros lanzados por un boxeador a su rival al borde del KO. He perdido mi cartera, he perdido mi mejor camiseta, y sobre todo, he fastidiado la fiesta a mi amigo Manu.

lunes, 7 de octubre de 2013

Orangutanes y tribulaciones del autoestopista, mi último día en Borneo

La conmoción creada por la inesperada depravación del individuo me impide reaccionar con la debida anticipación, y esta habría resultado bien necesaria pues la pregunta es puramente retórica: sin esperar respuesta alguna, alarga su sucia mano y me agarra mis partes pudendas con saña. De un empellón, ya plenamente alerta, aparto su brazo de mí y dispongo mis puños en posición de defensa. Le espeto que qué demonios hace, que por supuesto que no puede tocar a un completo desconocido cuya orientación sexual desconoce (si al menos me hubiera invitado a una copa antes...). Todo esto queda claro aquí escrito, pero puede que mi inglés atropellado por la situación no fuera tan contundente. El miserable calla y mira al frente. Calla durante unos dos minutos, largos y tensos como no recuerdo haberlos vivido en mi vida. La escena se halla además agravada por el hecho de que no tengo ni la más remota idea de dónde estamos yendo. Por lo que sé, este pervertido sexual podría estar llevándome a un descampado de las afueras donde esperan amigos suyos o al mismísimo centro de la jungla borneana.

Le digo que no vuelva a tocarme y que por favor me deje bajarme del coche pero él me ignora. Mi codo está preparado para incrustarse en su tráquea en caso de que vuelva a alargar la mano hacía mi (esto sería bastante estúpido, dado que él va al volante, pero ¿qué otra cosa puedo hacer si vuelve a ponerme un dedo encima?).

Al cabo del  rato de silencio, vuelve a hablar como si no pasara nada, y me pregunta si creo que Nadal volverá a ser número uno del mundo. Una trivialidad tan desacorde con la situación que empiezo a pensar si quizá debería añadir la psicosis a la lista de desórdenes achacables al conductor pervertido y a considerar el salto del coche en marcha como una opción cada vez más factible. Le sigo la corriente pues me parece mejor no cabrearle, aunque la tensión no se diluye ni un ápice y mi cuerpo sigue preparado para actuar con violencia extrema en cuanto cualquier parte de su cuerpo vuelva a mancillar mi espacio vital.

Al cabo de unos minutos de banal conversación, empieza a preguntarme insistentemente dónde voy a dormir y qué voy a hacer esa noche. Le contesto que tengo varios amigos esperándome en KK, con el objetivo de hacerle pensar que habrá alguien preocupado de buscarme si no aparezco por lo que sea. Al rato, parece desistir, enmudece y pasados unos minutos me deja en las afueras de KK. No conozco la zona pero me da igual, en cuanto el coche se para me despido con la mayor sequedad posible y me alejo del vehículo con la mente aún atribulada por la experiencia surrealista que acabo de vivir.

Como queriendo compensarme a mí mismo tras el mal rato pasado, me compro una pulsera en un mercadillo por el que paso casualmente y después me dirijo hacía el puerto de KK. No tiene pérdida, tan solo debo seguir las calles transversales que dan a la gran negrura abismal que es el océano nocturno en la lejanía. De camino me tomo unos rottis (tomarse dos grandes tortas de pan malayo con salsa por 50 céntimos de euro también anima a cualquiera), y veo un rato de una película en la misma cafetería mamaks. Aaron me llama al fin cuando estoy a punto de engancharme al telefilme: está en el paseo marítimo así que me reúno con él y le invito a una (carísima) bebida  en la discoteca de moda de KK, llamada BED (acrónimo de Best Entertainment Destination, ya ves), mientras le cuento el lamentable episodio.

El ambiente de domingo del local no anima a quedarse a una segunda copa: el enorme espacio está prácticamente vacío con excepción de algunas mesas ocupadas por la mafia local y demás sabahanos con aspecto aburrido. Un grupo toca en directo canciones más bien lentas que no levantan ningún impulso de sacar a una chica a bailar, es otra de esas bandas asiáticas que tratan de versionar sin mucho éxito grandes hits occidentales. Consulto con Aaron y ambos estamos de acuerdo con efectuar la retirada al hogar. Allí vemos un par de capítulos de South Park y tras ello nos deslizamos en nuestros respectivos sofá él y colchón viejo yo para disfrutar de un merecidamente plácido final a esta trepidante tarde.

El lunes, fiesta nacional en toda Malasia, amanece mi último día en Sabah, y lo hace con un nuevo plan que se viene abajo. El santuario de protección de orangutanes más cercano a KK, al que pensaba ir en sustitución de la gran reserva de Sepilok, requiere de una reserva previa para las visitas, ya que está extremadamente solicitado y los orangutanes solo se acercan a la gente dos veces al día, cuando los cuidadores les dan de comer. Un telefonista algo seco me da la información por teléfono y mi día se queda sin rumbo. Me voy a dormir un par de horas más y cuando me levanto definitivamente me siento en el sofá del salón de Aaron a ver a su hermano jugar a la Xbox.

Estoy aburrido, pero al fin y al cabo, estoy disfrutando de lo que muchos dicen es una de las mejores cosas que se pueden hacer en Sabah (y en general en Malasia): la homestay, o alojarse con una familia de la zona para disfrutar de la hospitalidad local. Y esto no está al alcance de todo el mundo.

Aún no estoy del todo despierto cuando Aaron me cuenta que quizá todavía exista una última oportunidad de ver Orangutanes en Sabah antes de que mi vuelo me devuelva a la civilización esa misma noche: el zoo/reserva de Lok Kawi.

Aaron conoce bien Lok Kawi, pues trabajó allí durante dos años cuando era más joven, siendo, por cierto, picado en la cabeza por el vetusto avestruz del parque, que aún sigue allí. Para llegar hasta el lugar, atravesamos una carretera rural típica de Borneo: muy curvilínea y estrecha, con el firme hecho polvo, y rodeada de selvas tupidas, pequeños campos de arrozales, y poblados tribales con cabras, gallinas y niños desnudos por igual, todo bajo la eterna bóveda azul que conforman los claros y limpios cielos de Sabah. Aaron dice que echaba muchísimo de menos conducir por aquellos parajes, y he de decir que no me extraña nada: es un placer abandonar al desagradable tráfico y a los taxistas miserables de Kuala Lumpur, aunque sea solo por unas cortas vacaciones.

Lo que un manager listillo ha venido a llamar reserva natural de Lok Kawi es más bien un zoo corriente, con especies endémicas de Borneo que no pueden verse en ninguna otra parte, eso sí, pero encerradas en jaulas demasiado pequeñas y con aspecto de no ser los seres más felices del mundo. Destacables son los monos probiscuos, pegados a la reja y con sus feas narices ahora si bien visibles, el tigre malayo, de pelaje ralo y colores nítidos, que impresiona como todos los tigres, animal favorito del que escribe, y por supuesto los orangutanes. Como dijo una vez mi amigo del viaje a Camboya, Breo: si alguien duda alguna vez sobre el origen del hombre, sobre nuestra teórica procedencia del mono, debe entonces viajar a Borneo, el único lugar del mundo donde es posible contemplarlos en libertad, y mirar a una de estas criaturas a los ojos. No le faltaba razón. Pero no son solo sus ojos, son sus movimientos, sus gestos, lo que les hacen parecer tan humanos, algo deformes eso sí, y con mucho pelo, pero inquietantemente humanos. Con sonrisas y miradas tristes, respondiendo a gestos burlones hechos por los supuestamente más inteligentes seres que los observan desde el otro lado de la barrera y el foso, con sus movimientos agiles propios de gimnastas a través de su amplio hábitat, sus saltos y la fuerza descomunal con la que cuelgan y descuelgan sus robustos cuerpos. Uno puede pasar horas mirando a estos cuasimodos peludos sin aburrirse. Y prácticamente eso hacemos, pues son casi las cinco de la tarde cuando Aaron me pregunta si me apetece volver ya.






Durante el camino de vuelta, Aaron me cuenta más historias sobrenaturales originarias de Sabah, como la de la gran roca que yace inamovible en lo alto de una colina cercana a la carretera. Dice la leyenda que la roca contiene en su interior a un peligroso demonio, y que todo el que intenta retirarla de su posición milenaria, sufre un terrible destino. Aaron cuenta todo esto con la vehemencia de un auténtico creyente de estos mitos, y del mismo modo, cuenta como en cierta ocasión, su tía fue casi raptada por un espíritu maligno característico de una región del Sur de Sabah en la que las cabezas de algunos miembros de las tribus, que son en realidad demonios camuflados como humanos, se despegan de sus cuerpos y flotan por la noche aterrorizando y atacando a los incautos que se pierden en la selva. Escalofriante. Las historias sobre estos seres, junto con las de los demonios humanoides de cara invertida, de los que también me habló en otra ocasión, han conseguido hacer de mis caminatas en solitario por las selvas de Asia una experiencia menos apacible.

En otro orden de conversación, Aaron también me cuenta que en Kilamantan, parte indonesia de Borneo, (mucho más salvaje y despoblada que la parte perteneciente a Malasia, cuya selva y tribus están siendo devoradas lentamente por las plantaciones de palmeras de donde sale el aceite de palma usado para cocinar y como combustible en gran parte de Asia) aún existen tribus que realizan tatuajes mágicos con agujas y tinta naturales. Estos tatuajes se corresponden con habilidades sobrenaturales poseídas por el portador, y solo se accede a su realización si este ha demostrado su valía en determinadas pruebas tanto físicas como espirituales. Según me cuenta Aaron, el del delfín, por ejemplo, solo es posible obtenerlo si se han pasado una serie determinada de minutos debajo del agua sin salir a respirar.

Resulta fascinante la conexión que tienen los borneanos, y en general un porcentaje importante de los asiáticos (pues J o Faisal, así como otros muchos conocidos, también me han contado con gran convicción historias similares sobre espíritus y sucesos y entes sobrenaturales, como la de las monstruosas criaturas marinas que nadan en el mar de Java, tragándose barcos a placer), con sus tradiciones y leyendas espirituales. Esto ocurre independientemente de su nivel de religiosidad o su formación académica, pues ni Aaron ni J, pese a ser cristianos, son grandes practicantes; y ambos provienen de familias modernas y acomodadas y poseen títulos universitarios. Es algo, este nexo con nuestro pasado espiritual y legendario, que en el mundo occidental se ha perdido en gran medida, sobre todo entre los jóvenes, difuminado tras la era del progreso galopante, la sobre-información, y la frivolidad de espíritu.  

Cuando llegamos a casa de Aaron, saludamos a los perros que siempre rondan por la puerta y entramos al espacioso salón, lleno de imágenes católicas y retratos familiares. La madre, muy sonriente y amable como de costumbre, y con buen inglés, me dice que esa noche me van a invitar a cenar a uno de sus restaurantes favoritos, en un pueblo cercano. Lo que no me espero, es que al llegar al restaurante aparezca en diferentes oleadas la familia entera de Aaron. El tío con los sobrinos, los dos hermanos, la hermana, los padres y el abuelo.

Se trata de un restaurante chino, con sillas de plástico y mesas con centro giratorio para que los platos vayan pasando de comensal a comensal. Un chino de los de verdad vaya, con suelo sucio de azulejos, peceras llenas de peces con largas colas y largos bigotes, gatos somnolientos, camareros secos y acelerados, y muchos platos de comida que salen de la cocina a una velocidad apabullante. He estado en muchos restaurantes similares en Malasia, la diferencia es que esta vez la familia de Aaron sabe qué platos pedir. Manjares que no están en la carta y que jamás había visto llegan a la mesa y levantan mis alabanzas: destacable el pollo frito con mahonesa especial del restaurante (mejor nunca preguntarse de qué están hechas las cosas), que ya echo de menos cuando está dos puestos más allá en la mesa giratoria, pero también hay un pescado monstruoso de color morado y lleno de púas pero con un sabor delicioso, unos fideos fritos crujientes, parecidos a los que probé en Bali, y más platos muy abundantes de los que damos buena cuenta entre todos.

La familia de mi amigo es un grupo de gente muy agradable. La hermana, muy dicharachera y mucho menos tímida que los dos hermanos, es con quien más hablo, pese a estar, como tantísimos asiáticos, mucho más pendiente de su teléfono listo que de cualquier otra cosa a su alrededor (circunstancia que aprovecho para comerme parte de sus raciones, que ella dice no querer). El abuelo me pregunta con mucho interés por mis viajes, y me habla de los viajes que hizo a Europa en su juventud con un sorprendente buen inglés que no es fácil de encontrar entre los malasios de generaciones más ancianas. Este hombre con seguridad vivió la segunda guerra mundial en Sabah, donde los japoneses hicieron buena mella, con uno de los campos de prisioneros más grandes y más cruentos de todo el sureste asiático, situado en la ciudad de Sandakan. No me atrevo a preguntarle directamente, no obstante, y la conversación no da pie a ello.

Con el estómago bien lleno y ni un resto en los platos, Aaron me propone que vayamos tirando para el aeropuerto. Como allí no hay tradición de sobremesa, me levanto y doy un sincero agradecimiento a toda la familia que ha patrocinado mi estancia a cuerpo de rey en la isla de Borneo. Prometo darles el mismo trato si alguna vez ellos han de recaer por España (y da la casualidad de que yo estoy por allí, claro).

Son las ocho y media de la noche cuando me despido de Aaron en la cola de seguridad del aeropuerto de Kota Kinabalu. Le deseo suerte en sus últimos días de vacaciones con su familia y acordamos vernos en Segambut en menos de una semana, cuando deba presentarse de nuevo en el tajo. Tras un abrazo, agarro mi macuto y atravieso el control de seguridad, es hora de volver a la otra jungla, la de asfalto.


Fue la última vez que vi a Aaron. Nunca llegó a presentarse de vuelta en la ONG, ni siquiera para recoger su equipaje, nunca volvió a coger ni mis llamadas ni las de ninguno de nuestros amigos comunes de Segambut, tampoco volvió a responder a mensajes, ayudando de esta forma, a incrementar el misterio inherente que rodea a la gran isla de Borneo.

miércoles, 2 de octubre de 2013

Sobre el día en que acabé sin saberlo en el concurso de Mister Sabah 2013

Mi descanso en las últimas 72 horas ha sido misérrimo. Por eso decido levantarme un poco más tarde de los normal el domingo. Después de todo, una vez decidí quedarme por la zona de Kota Kinabalu renuncié a las prisas y los viajes eternos en autobús.

En la casa de Aaron se juega al Dragon´s Dogma, un juego de rol con multitud de criaturas fantásticas bastante espectacular, el día anterior estaba el hermano y hoy está el propio Aaron pulsando frenéticamente los botones. Me siento a ver como se vicia hasta que la madre nos trae unas cajas de corcho blanco con lonchas de cerdo y pollo en salsa agridulce y arroz. Son más abundantes de lo que suelen serlo estas cajas porque la señora conoce a un hombre del restaurante donde las ha encargado, están muy buenas. Después nos vamos de nuevo a la ciudad, sin hablar demasiado. Hoy toca día de relax en las pequeñas islas que salpican la costa frente a Kota Kinabalu.

Hay cinco islas a elegir, todas forman parte del parque nacional Tunku Abdul Rahman (pese a que Sabah es de mayoría cristiana y uno se siente totalmente fuera de Malasia, las cosas oficiales aún llevan los nombres de los sultanes malayos). En el embarcadero hay fotos de las diferentes islas, así como multitud de agentes y agencias que ofrecen barcos y paquetes de varias islas a diferentes precios y a voz en grito, creando el caos habitual de todas las estaciones y embarcaderos de Asia. Elijo ir a Pulau Mumatik, la más pequeña de todas las islas, por recomendación de Aaron y Dajana. Aaron se despide y acordamos encontrarnos en ese mismo embarcadero a las seis de la tarde, no tiene dinero para pagar el barco y se niega a coger ni un céntimo de lo que le ofrezco, sospecho que está deseando volver para seguir jugando al Dragon´s Dogma.

El viaje en speedboat dura menos de diez minutos. Surcamos la gran bahía de Kota Kinabalu a gran velocidad, casi sobrevolando el agua entre ola y ola. Una parada en Pulau Gaya donde se bajan la mayoría de los pasajeros del barco (motivando mi esperanza vana de encontrarme la isla a la que voy medianamente vacía), y la siguiente isla es Pulau Mumatik, un pedazo de tierra de menos de un kilómetro cuadrado rodeado de aguas claras y transparentes como cristal líquido.  Desde el embarcadero, puedo ver los bancos de peces diminutos moviéndose al unísono, persiguiendo los reflejos vibrantes de las personas que desfilan por la pasarela. “Bienvenidos a Pulau Mumatik” reza un cartel.

Peces en agua cristalina

Las playas de la isla son las más claras que he visto. Los colores suaves de la arena blanca, el agua turquesa, y el cielo azul intenso se fusionan de forma perfecta. Algodón en las nubes, polvo en la playa y cristal en el agua, la línea entre los elementos es difusa y todo parece formar un cuadro inalterable. Al fondo, surgiendo del mar calmo y perfecto, el acero negro de los riscos de Sabah y el Kinabalu, que parece el Monte del Destino, expulsando las nubes que tamizan en jirones la costa escarpada. Hacía tiempo que buscaba una playa así.

Pulau Mumatik playa Sur

Nubes y mar en Pulau Mumatik

Pulau Mumatik playa Este

Barca y Pulau Gaya en el horizonte


Paso lo que queda de la mañana y gran parte de la tarde flotando en el agua, haciendo snorkeling con el equipo que he alquilado y paseando por la isla, que se recorre de un extremo a otro en menos de tres minutos. Intento permanecer en las zonas vacías de gente, que son pocas, ya que aunque no hay mucha gente, la isla es tan pequeña que uno de los lados está casi lleno, aunque encuentro algo de paz en el extremo opuesto. Por fin veo a los peces payaso, los que tienen rayas negras y naranjas, con los que no había logrado encontrarme en Bali, aunque los corales están más desvaídos que allí y la presencia de vida marina es menor y menos variada. Después nado bordeando la isla y alcanzo el lado que no tiene playa, más salvaje. Allí subo a las rocas y me siento un rato en lo alto de la costa quebrada, mirando los barcos pasar a lo lejos como un náufrago solitario que no quiere ser rescatado.

Cuando vuelvo a la playa, al lugar donde he dejado escondidas mis cosas, me doy cuenta de que me queda tan solo media hora para coger el barco de las cinco y media, el último. No obstante, antes de ir hacia el embarcadero asciendo curioso por un camino que se adentra en la mitad junglesca de la isla y llego hasta la cumbre de una diminuta colina que está justo encima de las rocas done he estado sentado hace un momento. Me entretengo mirando las aguas cristalinas que rodean la isla desde el follaje silencioso e imagino acechar a algún barco pirata que desembarca en mi isla del tesoro. El camino de vuelta lo hago casi corriendo, apremiado por horarios en un lugar en el que el tiempo no debería obedecer sus normas habituales.

Estoy ya cerca de la playa, saliendo de entre los árboles, cuando escucho como algo grande se mueve entre la hojarasca, muy cerca. Me sobresalto y observo como un lagarto monitor de al menos un metro y medio de largo se desliza elegantemente hacia la protección de los arbustos. Antes de retirarse, el animal se para y me mira de reojo, examinando mis intenciones con sus ojos reptilianos. Aaron me contó que estos lagartos utilizan la cola para defenderse, dando latigazos que hacen que la piel se abra como si la hubieran golpeado con un sable. Me acerco un par de pasos, con respeto y muy despacio, para verlo más de cerca y él se aleja lentamente, ya con menos miedo. Algo más arriba, otro miembro de su especie le espera, y juntos se quedan en Pulau Mumatik, mientras yo enfilo la playa hacia el barco con premura.

Cuando a las seis me planto en el embarcadero tras una carrera de speedboats que volvían de las islas, Aaron, como era de esperar, no está allí. Los sabahanos tienen su propia concepción del tiempo, y es una en el que este suele transcurrir más despacio, donde las en punto suelen convertirse en las y media y así sucesivamente. Lo que no es de rigor, es que sean las siete y allí siga, sentado en el banco esperando a mi amigo. Decido moverme, buscar un supermercado donde comprar una recarga para mi móvil y llamarle. Resulta que no tiene el coche de sus padres y tampoco saldo en el móvil, así que acordamos que me dé una vuelta por la ciudad hasta que pueda recogerme para ir a algún sitio por la noche.

Me paseo pues sin prisa por el mercado principal y por el mercado filipino. Allí hay expuesta una espectacular selección de los pescados y demás productos del mar más extravagantes que he visto nunca. Descubro que los peces azules y amarillos que he visto mientras hacía snorkeling son comestibles, así como las mantarayas, el olor a pez muerto alcanza lo más profundo de mis cavidades olfativas y se asienta allí durante un buen rato. El mercado principal está más “puesto” para que los turistas y compradores ricos pasen y vean. El mercado filipino es menos decoroso, mucho más sucio y más auténtico, con los pescadores y vendedores coreando a pleno pulmón sus productos, echando cubos de hielo hacía un lado y tripas sanguinolentas hacía el otro, y apartando a empellones a los niños descalzos que corren y juegan por todas partes. Desde allí tomo una de las mejores fotos de puestas de sol que he conseguido durante mis viajes.


Pez venenoso a tope

Mantarayas

Colores del mercado

No está mal para una Sony cibershot de las antiguas, just saying...

Llamo a Aaron de nuevo y la situación es la misma, no puede recogerme y ya no hay mucho más que hacer en Kota Kinabalu. En un impulso, decido ir hasta el lugar donde se celebra el festival de la cosecha, pues Aaron me dijo que las celebraciones durarían al menos tres noches más y allí existiría la posibilidad de mezclarme con la población local de la misma manera que la primera noche aunque fuera solo. Intento recordar el camino que hice con Dajana y cojo el que creo es el mismo autobús, preguntando si es el que va al poblado cultural donde están las celebraciones. Un “eh….si, si” poco convencido es todo lo que obtengo por respuesta así que me la juego (el inglés sabahano no tiene nada que ver con el inglés remarcable de Malasia peninsular, aquí vuelven los gestos camboyanos).

De camino, empieza a llover, y yo empiezo a pensar en el barrizal que se va a formar en el poblado. Me extraña que todo el mundo se baje en otras paradas y que nadie parezca ir a las celebraciones, pues el día que fuimos aquello parecía el centro de la actividad festiva de toda Sabah. Mis peores sospechas se confirman cuando el autobús me deja en la carretera, en frente de la entrada, en el mismo lugar donde hace dos días habíamos sido arrastrados por la turba hacía una noche alcohólica y desenfrenada. Allí no hay nada. Ni un alma, ni una luz. El poblado está abierto pero totalmente vacío.

Paseo entre las enormes bolsas de basura donde se han almacenado los desperdicios del festival de la cosecha. Todo está envuelto aún por el olor de la cerveza, la lluvia cae sobre la oscuridad del poblado y repiquetea en la soledad de las bolsas negras. Unos señores juegan a las cartas en una mesa aislada en mitad de una de las cabañas. Me dicen que la fiesta acabó ayer. Me siento solo y hundido.

Caminando un poco por los alrededores del centro cultural sigo a una gente y acabo en un pabellón cercano, nada menos que en medio de la celebración del concurso de míster Sabah 2013. La situación es rocambolesca: yo desorientado, con mi macuto y mi barba de backpacker, rodeado de gente muy bien puesta. Siendo el único blanco de la gran sala, todo el mundo me mira con confusión cuando entro, justo por debajo de todas las gradas, cerca de las mesas donde están sentadas las eminencias de la belleza sabahana. Enseguida miro si hay algún tipo de consumición gratuita: una muestra de canapés, o las típicas copas de plástico con champán, pero no hay nada, muy rancios estos sabahanos. Lo observo todo desde el pasillo de entrada, estorbando, entonces junto a mí empiezan a pasar los maromos, no sé si son competidores o tan solo amigos del gimnasio de los competidores, pero son muy grandes y pasan casi empujándome. Cuando los culturistas empiezan a subir semidesnudos al escenario decido desaparecer de allí y me escabullo por una puerta trasera intentando no llamar la atención más de lo que ya lo he hecho.

Es entonces cuando miro la hora y me doy cuenta de lo que resultaba obvio tan solo echando una ojeada rápida al oscuro cielo nocturno: el último autobús de vuelta a Kota Kinabalu ha debido pasar hace ya un buen rato. Correr hacia la parada no sirve de nada, en el camino, un hombre con el que me cruzo me confirma la última hora de salida, lejana ya: estoy fuera de lugar, y también fuera de tiempo.

Aaron sigue sin poder recogerme, así que no me queda más opción que volver a la ciudad haciendo autostop. Saco el dedo y avanzo por el arcén calado, sin importarme ya la lluvia, que continúa calando a bobos como yo. En un principio pienso que la amabilidad demostrada hasta ahora por la gente de Sabah les hará parar enseguida ante la imagen de un solitario autoestopista bajo la lluvia. Esto no ocurre, o al menos no ocurre de forma tan inmediata, y pasan más de 45 minutos antes de que un coche pequeño se detenga en el arcén junto a mí.

El conductor duda un momento. Pese a mis gestos, tarda unos largos segundos en abrir la ventanilla, y no es hasta que me acerco y golpeo el cristal con mis nudillos que no veo su cara en el interior del coche. Se trata de un chico joven, de unos 30, moreno y bajito, estándar. Le pregunto si viaja en dirección a Kota Kinabalu, o KK, como dicen los sabahanos, y él me dice que no tiene problema en llevarme con un inglés justito. Me monto pidiendo disculpas por estar calado, aunque a él no le importa y parece contento de llevarme. Hay algo que me inquieta en el hombre, creo que es el hecho de que haya tardado tanto en abrir la ventanilla.


La conversación transcurre de forma normal, me pregunta de dónde soy y enseguida empieza con la alabanza tan habitual hacía los deportistas españoles. Me habla de Cesc Fabregas, de Rafa Nadal, de Casillas. A mí me cuesta entender su pronunciación de los nombres españoles pero le sigo la corriente con cortesía. Me dice que ha escalado el monte Kinabalu seis veces, se le ve un hombre deportista, yo le cuento que el precio impuesto a los extranjeros por todos los permisos me ha imposibilitado la escalada. Todo va bien, normal, sin incidencias, hasta que de repente, de improviso, el amable conductor pregunta sin tapujos: “¿Podría tocarte el pene?”.

jueves, 19 de septiembre de 2013

Criaturas extrañas bajo cielos perfectos en el río Weston

A la mañana siguiente, despierto en casa de Aaron y enseguida resulta evidente, tanto por la sequedad de la resaca como por mi falta de recuerdos de la noche anterior, que no llegué en un estado adecuado teniendo en cuenta que era mi primera noche como invitado en la casa de sus padres.

En seguida me levanto (es más fácil escribirlo aquí de lo que en realidad fue aquel día… contando mi infame noche en el aeropuerto, mi mañana en el banco, el hecho de que venía directamente de currar y setecientas cervezas, mi cuerpo es un deshecho, una piltrafa, un guiñapo) y me disculpo. Por suerte, parece que no hice tanto ruido, y, al llegar tarde, le ahorramos la escena a los demás familiares que viven en la casa: dos hermanos, una hermana, y los padres. Aaron me cuenta que lo único raro que hice fue hablar durante un rato largo sobre mi preocupación concerniente a una mariposa a la que un niño arrancaba las alas (eso ocurrió en el mercado filipino, antes de reunirme con Dajana).

La mayor parte de la mañana transcurre de forma borrosa mientras me revuelvo con mal estar en el colchón viejo de la habitación de Aaron. Cuando me incorporo por fin, él está ya abajo, comiendo con sus padres. La habitación es pequeña, dividida por una estantería, con una pequeña mesa, un cenicero abarrotado de colillas de mentolados y un agradable balcón con los restos recientes de una barbacoa y buenas vistas a la jungla. Me desperezo, me doy una ducha rápida y bajo a saludar a la familia. El padre y uno de los hermanos no están, la madre y la hermana son sonrientes y muy amables, el hermano pequeño más reservado. Me siento mientras Aaron juega un rato a la consola.

He decidido que voy a quedarme en la zona de Kota Kinabalu durante toda mi estancia en Sabah. Tras haber puesto en orden toda la información que tanto Dajana como las diferentes gentes de la isla y los empleados australianos de los hostales me han proporcionado, creo que debería haber planificado mejor mi viaje. El río Kinabatangan, al Este, es uno de los mejores sitios para entrar en contacto directo con la vida salvaje de toda Asia… Pero está demasiado lejos, cerca de Sandakan, a más de 7 horas de autobús contando que todas las carreteras estén adecuadamente transitables, cosa improbable. Allí cerca, en un lugar llamado Sepilok, está el santuario de orangutanes más grande de Sabah, otro sitio que había incluido en mis planes tras un breve research, mirando el engañoso mapa y consultando foros en los que se decía que el viaje era tan solo de 5 horas. Como añadido, tanto el barco por el río como la visita al centro de orangutanes requieren de reserva previa y tienen unos horarios que no casan para nada con la hora de llegada desde Kota Kinabalu, por lo que se perdería un día más, inhabilitando las visitas y la vuelta al aeropuerto. Junto al monte Kinabalu, son dos cosas más que no podré hacer en mi primera visita a Borneo.

Prefiero pensar que volveré por allí en algún momento futuro de mi vida, así que no me preocupo mucho y llamo a uno de las agencias que organizaba un viaje más corto, factible en una tarde, al río Weston. Este es más cercano a Kota Kinabalu y, aunque no es comparable al Kinabatangan, también posee una interesante fauna boyante y relativamente fácil de avistar desde el barco.

Dos horas después, Aaron me deja en Kota Kinabalu, a unos diez minutos de su casa, y allí me recoge una furgoneta donde va un guía. En un amplio recorrido, vamos recogiendo a otros integrantes del tour y al cabo de un rato me veo rodeado de chinos que hablan sin parar. Esto no es buena señal: algo que se aprende en Asia es que la presencia de chinos en un viaje organizado suele ser inversamente proporcional a su calidad y su grado de aventura. Los turistas chinos gustan de ir con maleta de ruedas, calzado inapropiado, y de ser dirigidos por el camino más fácil posible (si puede ser a restaurantes chinos, centros comerciales chinos y hoteles chinos, mejor), esto es un hecho comprobado.

El viaje al lugar de inicio de la expedición dura al menos dos horas, atravesando la jungla omnipresente de Borneo. El destino es un embarcadero diminuto en un río mucho más ancho de lo esperado, cercado por selva tupida en ambas orillas. Allí, en las inmediaciones de la pasarela de madera, amparados entre unos troncos de bambú que surgen directamente del agua, hay una familia de macacos muy agresivos. Me desvío de la pasarela principal que va hacia el barco y en cuanto doy un paso hacia ellos, la madre, portadora de un bebé, enseña la mandíbula con agresividad, distrayéndome de la verdadera amenaza, que es otro de los macacos que se acerca por mi flanco. Cuando me quiero dar cuenta, le tengo muy cerca, en la barandilla de madera, con la boca muy abierta y los dientes ponzoñosos en ristre, sin emitir ningún ruido y a punto de saltar. Cagado de miedo, corro de vuelta al embarcadero y tres de los monos me persiguen durante unos diez metros, ahora gruñendo victoriosos. Llego al barco jadeando y sudoroso, bajo las miradas extrañadas de los chinos, no puedo explicarles lo que ha pasado pues allí nadie habla inglés.

La travesía a lo largo del río Weston dura en torno a una hora. Un guía habla en chino todo el rato (sin parar) y va señalando los diferentes animales que pueden verse a medida que el barco transcurre con placidez y los árboles pasan lentamente junto a nosotros. En lo alto de las ramas, demasiado lejos como para poder apreciarlos correctamente, vemos monos narigudos, una curiosa especie endémica de Borneo. Pese a la lejanía, los simios se distinguen como espías medianamente ocultos en el follaje, moviéndose entre las ramas con agilidad. El mono narigudo es un animal extraño, casi irreal, con extremidades muy largas y finas y una gran barriga de color marrón claro. Su elevado peso se hace evidente al combarse ostentosamente los árboles más finos con cada uno de sus saltos. Su cara, con ojos muy humanos y una nariz que es más una protuberancia desproporcionada y gelatinosa que cuelga y se balancea con cada movimiento, no se aprecia desde la distancia a la que estamos (estos monos los vería desde mucho más cerca, dando incluso la mano a uno, en una reserva natural cercana a Kota Kinabalu dos días después).

Busca un mono narigudo en esta imagen

Durante nuestro transcurso por el amplio caudal del río Weston también vemos monos de cola alargada, cuya cola es en efecto, muy larga, macacos ordinarios (literalmente), y multitud de aves tropicales de colores y formas muy variadas. Durante el camino de vuelta, el sol desciende y traza el cielo con líneas de luz anaranjadas, mientras al otro lado, se dibuja un doble arcoíris que levanta exclamaciones exaltadas entre los ruidosos turistas chinos. Borneo y sus cielos perfectos. 

Puesta de sol tras el río Weston

Doble arcoiris

Los cielos perfectos de Borneo

Destellos amarillos bajo noche azul


Tras una exigua cena en el embarcadero, aderezada con cientos de mosquitos que pican con la profusión de chinches y con la hinchazón de arañas, volvemos al barco: aún hay algo más que ver antes de dejar para siempre el río Weston. Las luciérnagas.

Me monto en la barcaza con sueño, sin excesiva excitación. ¿Qué puede ser mejor que las luciérnagas deTaman Negara, tan lejanas en el tiempo pero aun tan vivas en el recuerdo? Pienso. Pero esto es Borneo, y aquí la vida salvaje alcanza siempre un nivel superior.

En total oscuridad, remontamos el río de nuevo. Tras unos diez minutos, nos acercamos lentamente a las oscuras siluetas de los árboles que cubren totalmente la orilla…

El guía me ha dicho durante la cena que los centenares de luciérnagas que pueblan los árboles hacen que estos parezcan estar adornados para navidad. Me ha parecido exagerado, pero cuando nos acercamos y veo las luces parpadeantes que dibujan la silueta de cada uno de los árboles de la orilla, he de reconocer que el guía no andaba desencaminado. Para no dañar a los insectos, no podemos encender luces ni usar los flashes de las cámaras, así que no vemos realmente los árboles, pero estos están tan atestados de diminutas luces blancas que sus formas pueden distinguirse perfectamente. Es algo así como asistir a un espectáculo de magia, algo que cuesta creer que exista bajo las estrictas leyes naturales. Mediante un artilugio que llevamos en el barco, emitimos unos destellos breves de luz verde, esto hace que muchas de las luciérnagas se desprendan de los árboles y vengan hacia nosotros, atraídas hasta lo que creen que es una especie de gigante luminosa. De esta forma, podemos ver como los contornos de los árboles se desdibujan en nubes de puntos luminosos dispersas que rodean la barca. Por desgracia, los chinos solo quieren que las luciérnagas se acerquen para capturar su lento vuelo con las manos y meterlas en botes y botellas de plástico que luego agitarán a modo de linternas hasta que todos los insectos estén muertos y se apaguen lentamente. Mis miradas y comentarios reprobatorios no surten efecto alguno y todos vuelven al embarcadero con botes aún luminiscentes llenos de luciérnagas captivas.

La vuelta a Kota Kinabalu se hace larga y tediosa; ojalá tuviera la capacidad de dormir en una furgoneta atestada. Cuando llegamos, en torno a las diez de la noche, Aaron me espera con el coche de sus padres y me lleva a tomar unas cervezas a su sitio preferido, a medio camino entre la ciudad y su casa. Es un sitio muy tranquilo, y barato, con mesas de madera junto a un lago, lleno de familias y grupos de amigos, todos gentes diversas de Sabah. Hay una mesa con al menos cinco niños menores de quince años fumando  y bebiendo cerveza profusamente. Yo estoy muy cansado, incluso para beber. Un amigo de Aaron viene, pero es muy callado, hablamos de cosas triviales, poca relevancia, y volvemos a casa, a dormir por fin.


En el camino de vuelta, atravesamos lo que Aaron asegura que es una carretera encantada, donde se han visto espíritus de niños que persiguen a los coches flotando, sin pies. Aaron asegura haberlos visto, y su amigo también, pero yo no veo nada. Esa noche estoy demasiado cansado, incluso para las historias de fantasmas.

lunes, 2 de septiembre de 2013

Un día muy largo en Borneo

Empezar un viaje con un retraso de cinco horas en tu vuelo es empezar con mal pie. Si al menos la espera ha de pasarse en un aeropuerto cómodo, con asientos aptos para el sueño, el contratiempo se palia en cierta medida. Pero lo más cercano a la comodidad que existe en la terminal de salidas nacionales del aeropuerto LCCT de Kuala Lumpur es el frío y durísimo suelo de mármol, que está, al menos, bastante limpio. Alguien cuya maldad no conoce límites ha decidido diseñar asientos alargados para luego colocar apoyabrazos de acero que dividen cada una de las distintas reposaderas. Esto crea la ilusión de espaciosas camas cuando los bancos se observan desde lejos pero esto se revela falso tras un análisis más detallado durante el cual la inquina del diseñador queda patente.

Al suelo sea, con mi macuto como toda almohada y mi toalla como todo colchón, cinco horas no son nada.

Mi llegada a Kota Kinabalu, prevista para las doce de la noche, se produce a las 6 de la mañana, con los destellos del nuevo día despuntando contra las ventanas de los taxis que esperan ávidos de ringgits ya a esta temprana hora. Aaron, mi amigo sabahano, que está pasando las vacaciones en su tierra natal y se ofreció a enseñarme el lugar, no está esperándome como había dicho. Supongo que recibió mi mensaje comunicándole mi retraso, aunque no ha contestado y no sé nada de él.

Un taxista joven me hace un gesto y negocia un buen precio por llevarme al centro de la ciudad. He quedado con otra amiga, Dajana, en frente del mercado filipino del puerto a las 10, y he decidido que intentaré encontrar un lugar para dormir esas pocas horas que quedan hasta entonces, donde pueda y como sea. Apenas he pegado ojo en el aeropuerto, y menos en el avión, y no quiero empezar mis andanzas por las junglas borneanas con un ojo abierto y otro cerrado.

Así que allí vamos el taxista joven y yo, hacía el centro de la ciudad de Kota Kinabalu, capital del estado malasio de Sabah, en el Noreste de la gigantesca isla de Borneo.

Hay varias cosas importantes que saber sobre Sabah para entender mejor el relato de mi viaje allí: Sabah es grande, muy grande (como grande es Borneo en su conjunto), solo este estado casi equivale en tamaño a la Malasia peninsular. Es mejor reservarse un día entero para cubrir las distancias que en los engañosos mapas parecen viables para una mañana. El estado de las carreteras también influye, requiriendo los traslados por la región mucha más planificación y tiempo de lo que en un principio se puede pensar.

Por otro lado, casi todas las actividades que se pueden realizar en Sabah requieren de reservas previas. No basta con desplazarse a los sitios, las empresas de turno han monopolizado los accesos y la única manera de entrar y salir es pagando con antelación. Esto resulta especialmente sangrante en el Monte Kinabalu, la montaña más alta del sureste asiático, con 4.100 metros de altura, que pensaba escalar en esta mi primera visita a Borneo.

Cierto es que empecé a planificar el ascenso tarde y mal, pero los casi 200 euros que cobran por subir, con el consabido guía obligatorio, permisos y seguros de mil tipos, una noche en un albergue de montaña que supone casi la mitad del precio, y sobre todo el hecho de que no haya más opciones porque una empresa tiene el monopolio sobre la fucking montaña, echa para atrás. Y da que pensar sobre cómo se gestionan a veces los recursos turísticos y naturales en los países asiáticos.

Otra cosa que es necesario saber sobre Sabah es que pertenece a Malasia tan solo debido al desaguisado diplomático de la época colonial tardía, en la que la federación de Malasia, aún controlada por ingleses, decidió promover la anexión de este estado rico en recursos cuya explotación había recaído en manos españolas y portuguesas (de ahí que la religión mayoritaria en las ciudades siga siendo el catolicismo), inglesas, japonesas y americanas. Las disputas de los ingleses con filipinos e indonesias por el control de la región fueron heredadas por el gobierno independiente malasio y siguen muy activas hasta la fecha actual. De hecho, dos meses antes de mi viaje, escaramuzas con tintes de guerra en el Este de Sabah, con desembarco de tropas Sulu del sur de Filipinas, amenazaban con cerrar la región para los viajeros (Bueno, irse podría haberse seguido yendo, a riesgo de que un cazador de cabezas de alguna de las tribus borneanas en estado de guerra se interesara por tu cabellera. Borneo es uno de los pocos lugares del mundo en el que aún se conservan las tradiciones por las cuales durante la guerra se cortan las cabezas a los enemigos para exponerlas en los lugares comunes de la tribu, aunque esto se da más en Sarawak, la región noroccidental, y en el Borneo indonesio. Esta práctica se trata curiosamente de un símbolo de respeto hacia el enemigo, que perdura indefinidamente como cabeza colgante en las viviendas comunales del vencedor en lugar de desaparecer en el polvo).

En cualquier caso, saber esto hace que no me choque tanto el encontrarme con una diferencia mayúscula entre Sabah y Malasia continental en lo que a grupos étnicos, cultura, religión y tradiciones se refiere. La gente en general es más hospitalaria, más abierta y también me resulta más atractiva físicamente. También son mucho más pobres. Sabah es el estado más pobre de Malasia, seguido por su vecino Sarawak, también parte del Borneo malasio.

Durante el camino, el taxista joven me señala el monte Kinabalu en la lejanía, la montaña que esta vez no escalaré, con su cima irregular de tres picos que le resta algo de empaque a la masa pétrea que se recorta contra el cielo naranja.

Me bajo en el mercado filipino y pese a que no estoy demasiado cansado (he entrado en ese estado en el que ya ni se siente ni se padece, solo se sigue hacía adelante por pura inercia), decido forzarme y tratar de dormir algo, ya que el día va a ser muy largo. Me doy una vuelta por la parte trasera del mercado, en la que empieza a brotar la actividad diurna, con gente yendo y viniendo con paquetes en la cabeza, y con frutas y pescados y carnes expuestos sobre mantas en el suelo en forma de rudimentarios puestos. Me gustan los colores de este mercado, y la gente, que tiene un aspecto más pacífico que la gente de la Malasia continental, entendiendo por pacífico a más acorde con la gente de las islas del océano Pacífico, no a menos belicoso. 

Primeras imágenes de Sabah

El mercado filipino


Tras una vuelta, encuentro un banco metálico en el que quepo encogido y me tumbo, con mi toalla como almohada y las asideras de mi macuto enrolladas a las piernas para evitar robos. Allí, incómodo hasta decir basta, intento dormitar y de hecho, duermo un par de horas, siendo despertado a cada rato por la gente que pasa por el cada vez más bullicioso mercado. Cuando los puestos de artesanos abren sus puertas y el edificio principal del mercado cobra vida, el ruido se vuelve excesivo como para seguir manteniendo aquella pantomima de descanso, así que me levanto y saludo despeinado al dueño del puesto más cercano al banco, que me mira confuso sin entender por qué me acabo de despertar delante de su puesto.

Me tomo dos gigantescos rotis como desayuno, mucho más grandes que los de Segambut pero con peor sabor, y me cuelo en la recepción de un hotel de lujo entre las miradas desconfiadas de los recepcionistas para lavarme los dientes y la cara en un baño de ricos. Aun me queda una hora hasta que llegue Dajana así que me doy una vuelta y me encuentro con una torre del reloj de madera, sello británico (similar a las torres del reloj de piedra tan habituales en las ciudades inglesas pero construida con madera, como la mayor parte de la arquitectura colonial) y uno de los pocos edificios supervivientes tras los bombardeos de la segunda guerra mundial que “remodelaron” la ciudad entera. Me subo a una colina con vistas y vuelvo recorriendo el puerto hacía el mercado filipino. Por el camino me acerco a un niño que está torturando a una pobre polilla (gigantesca) y se la cojo de las manos. Tras tenerla observarla un rato en mi mano, la dejo en un lugar donde el niño no pueda alcanzarla para intentar salvarla, aunque confío poco en que aquella criatura llegue a vivir para ver la tarde de este viernes.

Polilla

Dajana llega a las diez y nos vamos a tomar un café y un red bull. Me resulta muy agradable hablar con esta italiana que conocí en Segambut. Ambos trabajamos para la misma ONG así que hablamos de cómo van las cosas en su nueva vida como profesora de inglés en Borneo, ella parece bastante contenta de estar allí. No me extraña, por lo que me cuenta, Sabah es un lugar fascinante y diferente a todos los demás en los que he estado hasta ahora. Dajana me cuenta que se está celebrando el festival de la cosecha y que se ha instalado una gran fiesta en un poblado que se encuentra a menos de una hora de Kota Kinabalu.

Decidimos comer tranquilamente (en una cafetería mamaks, por supuesto, de indios musulmanes, los mejores manjares y los menos sanos) e ir para allá. En el proceso, Aaron por fin da señales de vida y dice que se reunirá con nosotros en la fiesta.

Llegamos al lugar donde se celebra el festival de la cosecha en un autobús local lleno de sabahanos de diferentes etnias. En Sabah, el grupo étnico más abundante son los kadayan, una mezcla de malayos y dayak, o indígenas originarios y más numerosos de Borneo, que da lugar a gente bajita de ojos rasgados y caras redondeadas, ostentadores de una hospitalidad desmesurada. Esta última característica la comprobaremos en el festival de la cosecha, donde el ambiente a la llegada (en torno a las 5 de la tarde) es ya muy festivo.

El lugar de la celebración, una recreación a tamaño real de un poblado o kampung tradicional construida con motivos culturales, está abarrotado de gente bebiendo y comiendo. La gran mayoría es gente local (en Sabah se ven menos turistas que en los otros lugares de Asia a donde he viajado), aunque entre la multitud aparece Fabrizio, otro profesor italiano que conozco de Kuala Lumpur. Dajana ya me habría dicho que andaría por allí, y me alegro de encontrármelo, ya que se trata de un tipo interesante y peculiar. Los tres atravesamos una gran choza donde al menos 30 personas están saltando sobre unas largas ramas de bambú que, suspendidas unas junto a otras sobre un agujero y colocadas de forma que se doblen sobre otras ramas, hacen las veces de cama elástica. Es imposible entrar, el lugar está demasiado lleno de gente que salta y grita. Sobre la atracción, un sabahano borrachísimo baila al ritmo de los saltos con los ojos cerrados. Mucha gente ya va fina, pues la cerveza lleva sirviéndose todo el día: esto no es Kuala Lumpur con sus botellines a 15 ringgits (4 euros), benditos sean los cristianos (asiáticos) y su menor restricción moral. Según me dice Dajana, ha llegado a ver a gente tocando el techo de la choza con un salto desde la cama elástica. Hay al menos seis metros hasta el techo.

Pasamos una zona de barro que casi se traga nuestras botas y entonces unos señores de una mesa nos llaman y nos hacen un hueco para que nos sentemos con ellos. Antes de que mi trasero haya tocado el asiento, uno de los hombres, de edad entre los 35 y los 45, ya me está dando una lata de cerveza Tiger (vietnamita) que abro en el acto. Y así, una tras otra, los señores, que hablan un inglés bastante bueno que permite hablar de todo un poco, nos invitan a al menos seis latas a cada uno. Mientras ellos tratan de ligarse a Dajana sin disimulo, Fabrizio, tipo muy pausado con intereses espirituales, me habla de sus planes de viajar caminando hasta Kudat, 185 kilómetros al norte de Kota Kinabalu. Le admiro por proponérselo así que brindamos por ello, y por muchas cosas más, la cerveza parece aparecer espontáneamente sobre la mesa cuando miramos hacia otro lado. La cosa llega a un punto en que la vergüenza nos obliga a pagar un par de rondas para nuestros anfitriones, este gesto prácticamente les ofende.

Tras un par de horas, la familia de la mesa de al lado se nos une, Aaron aparece por fin (una suerte, pues ya me veía pidiéndole a uno de los bebedores sabahanos que me llevara de vuelta a un hostal en Kota Kinabalu, ya que Dajana y Fabrizio viven en un pueblo cercano llamado Donggongon, donde enseñan), y todos empezamos a ir un poco tostados.

Uno de los anfitriones, pasados los cuarenta, que habla todo el rato de Jesús y nos intenta convencer para que seamos cristianos, saca a bailar a Dajana varias veces, e incluso intenta darle algún beso. Decidimos que es el momento de moverse un poco por el terreno y ver que nos deparan las otras chozas y longhouses (casas comunales donde hasta 30 miembros de una familia). Hay mucha gente bailando en varias de ellas, en una, hay un chaval joven haciendo una especie de breakdance. En cuanto nos ve, se detiene y viene corriendo a saludarnos entusiasmado junto con uno de sus amigos, que no sabemos si es chico o chica. Desde ese momento, los chavales se nos pegan como lapas y se desviven por que estemos a gusto: nos llevan a otras cabañas donde hay ambiente, nos quitan de encima a gente que nos intenta hablar y que ellos consideran molestias, e incluso intentan traerme a una chica guapísima que pasa por allí para que la conozca, a lo cual me niego rotundamente.

El grupo se ha convertido en una suerte de mezcolanza estrafalaria que se mantiene unida por esa argamasa de amistades efímeras que es el alcohol: con Dajana permanentemente acosada por múltiples pretendientes a los que saca mínimo una cabeza, un grupo recién adjudicado de filipinos (Sabah acoge muchísimos inmigrantes de estas islas) que nos siguen invitando amablemente a cervezas (aunque resulte evidente en este punto que la cosa no va a acabar bien si seguimos bebiendo), los dos “supervisores” de la diversión dirigiéndonos y orquestando todo a nuestro alrededor, el hombre religioso que se ha apuntado a la comitiva dejando atrás a sus otros amigos y con un inglés y unas ideas ya no tan claras, y un Aaron sobrio, pues es el conductor, que es el verdadero encargado de que las cosas no se vayan más de madre de lo que ya se han ido.

En definitiva, una de las noches más divertidas en lo que llevo en Asia.

Festival de la cosecha, buenísimas fotos tiradas por un sabahano borracho

Dajana con nuestros colegas los filipinos etílicos