lunes, 9 de diciembre de 2013

Persiguiendo el paraíso perdido: Krabi y las islas Phi Phi (2)

Volvemos a ver el infame juego de la comba ardiente, pero esta vez tan solo observamos cómo los jóvenes ingleses saltan y se lucen, o bien caen doloridos delante de las chicas que no paran de gritar (creo que toda mujer británica tiene que pasar una prueba de gritos cuando es una niña, si no supera un determinado nivel de decibelios, se la expatría y se la nacionaliza islandesa, que son muy parecidas). Han convertido aquello en su patio de juergas particular, en su locura de fin de curso.

Todo es demasiado anglosajón quizá, pues también hay muchos americanos, canadienses y australianos. Hijos de ricos. Unas americanas con antepasados filipinos, tontas y gordas, nos retan a pasar por debajo del limbo de fuego. Lo hago y obtengo por ello un chupito bastante fuerte. Después lo hago cuatro o cinco veces más y esa noche bebo gratis. Cada ronda, la barra ardiente baja, y al final el limbo es tan extremo que solo algunos tailandeses malabaristas del fuego pueden pasarlo, contorsionando su cuerpo como si pudieran romperlo y rearmarlo a placer.

En una de las discotecas hay un mono gibón que trepa por los focos y el andamiaje del techo. La música le pone frenético y se mueve sin parar mientras unos dueños de manos agresivas intentan atraparlo. Lo que en principio resulta algo gracioso se vuelve patético cuando se mira a la cara del animal y se observa en él más humanidad de la que parecen tener algunos de los asistentes a aquella fiesta eterna.

También hay bares más tranquilos, sobre todo en el otro lado del centro de la isla. Allí es posible, aunque no barato, tomarse un cóctel sentado en cojines sobre la arena, dispuestos entre velas, con música chill out y tailandeses tatuados y escuálidos que hacen piruetas y malabares imposibles con discos y barras incendiadas. Tampoco me acaba de gustar este ambiente, más adulto y pausado. Echo de menos algo más, quizá algo más diferente y rompedor, menos parecido a lo que veo siempre en todas partes.

No obstante, disfruto de lo que la noche de Koh Phi Phi ofrece. Se trata de un ambiente que ha sido cuidadosamente diseñado para proporcionar al visitante la noche perfecta día tras día y sin descanso; y bueno, es imposible no disfrutar de algo así aunque sea un poco, de la misma manera en la que se disfruta de una película visualmente espectacular en el cine, pese a su falta de contenido.

En el transcurso de las horas nocturnas, que se consumen rápido como un cigarrillo, uno también puede moverse por el interior del pueblo, atravesando la isla a lo ancho en menos de cinco minutos. De la tranquilidad septentrional a la vorágine meridional. Allí en el medio hay decenas de tatuadores abiertos toda la noche para sacar partido a las borracheras británicas, bares en azoteas con vistas a las fiestas de la playa, y también bares irlandeses. Si, bares irlandeses en Koh Phi Phi, así es.

También hay un sitio que me fascina, donde organizan peleas de muay thai entre todo aquel que quiera participar. El ring está en mitad del bar. Allí nos sentamos y observamos las malas artes que exhiben los mochileros de la isla. Vemos combates grandiosos, combates ridículos y palizas. Y también a un americano paleto que pierde los papeles y empuja al árbitro, siendo reducido inmediatamente por este de un barrido certero que alcanza sus piernas y le hace caer, levantando la carcajada del público. La historia es más graciosa si se cuenta que el americano es un mastodonte de 100 kilos y 1,90 tatuado hasta las cejas, y el árbitro un tailandés enjuto y desnutrido que no le llega ni al hombro. Así es el muay thai, no es cuestión de fuerza ni de brutalidad, sino de técnica y precisión, como cualquier arte marcial.

Enseguida descubro que los tailandeses que manejan la noche de Koh Phi Phi son diferentes a todos los que hayamos visto hasta ahora. Estos jóvenes, la mayoría menores de 25, animan las fiestas con fuegos y malabares imposibles, tatúan usando técnicas tradicionales, sirven copas o controlan que nadie se pase de listo. Ellos manejan el cotarro, pese a que prefieran dejar que los guiris piensen que el control de todo lo que pasa está en sus manos. Son tipos delgados y muy fibrosos, morenos, con el pelo mayoritariamente largo y lacio, llevan el cuerpo cubierto de tatuajes y tienen una chulería y un desparpajo que no he visto antes en ningún asiático. Ellos han nacido en una fiesta, y se han alimentado de ella durante toda su vida, ensayando como “molar” desde que son críos. Como es lógico, se llevan a las inglesas gritonas que ellos eligen de calle, y casi todos tienen una rubita esperándoles para cuando acaban de hacer el tatuaje o el espectáculo pirotécnico de turno, o para que les anime cuando deciden patear el culo a un blanquito que está ganando demasiado en el ring.

Esta gallardía tailandesa, rayana en la arrogancia, es más palpable en Koh Phi Phi, si bien, está presente en todo el territorio nacional. Pienso en las posibles razones que conducen a esta actitud algo altanera, que no he observado antes ni en Malasia, ni en Camboya, ni en Indonesia (ni tampoco previamente en Nepal o China), donde la gente fue siempre extremadamente solícita, con poquísimas excepciones y en ocasiones hasta extremos absolutamente impensables en el mundo occidental. Es, quizá, y siempre hablando desde mi falta de conocimiento profundo de un país en el que tan solo llevo una semana, una consecuencia de haber conservado una autodeterminación que fue perdida por todos las naciones colindantes durante la era colonial. Y es que Tailandia, gracias al siempre inteligente proceder de sus reyes (miembros de la dinastía que aún se mantiene en el poder, gozando de cotas de respeto y admiración casi divinos entre la población), supo eludir mediante acuerdos y tratados la codicia de la vieja Europa y mantener su independencia, triunfando así donde sus vecinos fracasaron estrepitosamente. Esto ha generado una identidad nacional fuerte y ampliamente extendida que aporta confianza a la gente y posiblemente dé lugar a esa actitud algo chulesca hacía el extranjero. Una actitud que parece decir: “Nunca me has dominado, nunca he necesitado nada de ti, así que pórtate bien en mi casa.”


Koh Phi Phi
Tailandés en Koh Phi Phi Don

Pese a toda esta divagación  amparada por los largos paseos nocturnos, es casi imposible hablar de Koh Phi Phi Don sin hablar de Koh Phi Phi Leh, la isla vecina.

Koh Phi Phi Leh
Hacía The Beach, nosotros en barco

Más que una isla, Koh Phi Phi Leh es un conjunto de rocas suspendidas entre aguas transparentes que atrapan la piedra como cristal mágico. Aquí no hay ambiente que describir, pues no vive nadie aparte de los pocos guardianes que vigilan lo que hace ya años que se convirtió en un  parque nacional protegido. No obstante, su belleza y su disposición, con dos grandes bahías transparentes encajonadas entre riscos escarpados, la convierten en un lugar muy especial, contando con la que es probablemente una de las playas más aisladas y pintorescas del mundo. Es por esto que fue elegida como lugar de rodaje de películas como la Isla de las Cabezas Cortadas (Renny Harlin, 1995) y sobre todo, La Playa (Danny Boyle, 2000), la peli de mochileros por excelencia, que popularizó este pedazo de tierra hasta extremos insospechados.

El lugar es virtualmente perfecto, ostentando una combinación armoniosa de cuevas accidentadas, como la viking cave (donde sinceramente, dudo que nunca llegara a plantarse un solo vikingo), bahías cerradas de aguas profundas y claras llenas de vida marina, y por supuesto la mítica playa de Maya Bay (donde los protagonistas de La Playa se escondían del mundo en su comuna hippie).

A la llegada, tras unos veinte minutos de speedboat y una parada en una playa del extremo de Koh Phi Phi Don con muchos monos y por desgracia, también con mucha basura llegada del puerto, pasamos por delante de la cueva del vikingo, donde no se puede entrar. Alguien ha construido unas precarias pasarelas de bambú que se internan en la oscuridad de la caverna, que parece una boca de dientes irregulares abierta en la roca. Pasando por delante, pregunto al barquero si nos podemos meter dentro a ver que hay y, ante la negativa, me cuestiono porque las cosas más divertidas suelen estar tantas veces prohibidas o cerradas. Entiendo que es peligroso, pero denos un papel a firmar eximiéndose de responsabilidad y déjenos entrar a riesgo propio.

Monkey Beach Koh Phi Phi Don
Monkey Beach

Monkey Beach Koh Phi Phi
Monkey Beach

Viking cave Koh Phi Phi
Viking Cave


Después toca internarse en la bahía de Pileh, lo cual nos ata irremediablemente un nudo en el estómago ante la grandeza del lugar. Bucear allí es extremadamente bueno y divertido, y por suerte no está prohibido. Una lástima no poder mostrar los miles de peces entre los que tenemos la posibilidad de nadar con una buena foto de goPro. Los fondos marinos además, son mejores que en Bali y en Sabah, más profundos, pedregosos y llenos de vida. Como suelo hacer habitualmente, me alejo del grupo que va en nuestro barco (que incluye unos chinos gritones que no saben nadar ni bucear) y exploro por allí, llegando a una diminuta cala al pie de un acantilado. Una extensión de arena de unos cinco metros con un tronco donde me siento como un náufrago feliz. Lejos del barco, a muchos metros del ser humano más cercano, disfruto de una calma bastante zen. 

Esa es mi playa particular, el sitio con el que me quedo de todos los que vi en Tailandia. Ese pedazo diminuto de arena rodeado de roca y con un tronco para sentarse es mi exuberante reino durante unos minutos.

Pileh bay
Bahía de Pileh

Maya Bay es muy diferente. Pese al elemento aventurero que le añade al viaje el hecho de que el último tramo haya que hacerlo a nado, desde el barco hasta unas escaleras que penetran en las rocas y con un oleaje algo movido que no hace fácil ni exento de peligro el asirse a la barandilla y subir, el lugar está corrompido.

Desde que, en el primer vuelo largo de este viaje (Madrid-Doha), aún bien alimentado y casi sin barba ni moreno en la piel, viera la película de Danny Boyle en el avión, había pensado muchas veces en llegar a este lugar. La imagen de la playa se había presentado en mi memoria como algo perfecto, un objetivo que alcanzar, y la cercanía del lugar me había hecho levantarme nervioso esa mañana.

Imaginaréis mi sensación cuando, tras recorrer descalzo el tramo de bosque y las inmediaciones de arena, y apartar los últimos arbustos al píe de la bahía, me encuentro con esto:

maya beach
El horror

Maya Beach boat
Barcos en Maya beach

Así es como definitivamente aprendo lo que es un lugar destruido, un lugar al que se le ha arrancado de raíz su misma esencia. La sensación debe ser parecida a la de aquel que se enfrenta a un monte devorado por las llamas, o a una gran parcela de selva que ha sido talada.

Como la mayoría de los chinos no saben nadar, los barcos entran en la bahía y los descargan directamente en la playa, con los ruidos de motores retumbando en la roca y las olas artificiales provocadas por sus embestidas ahogando las mareas. Al menos, los que venían en nuestra barca se han quedado por no poder superar el último trecho a nado.

Gracias a la bolsa estanca de un irlandés que viajaba en nuestra barca, he podido traer mi cámara y de esta forma puedo retratar el horror. Nunca debe olvidarse un lugar así, siempre debe tenerse presente, aunque sea mediante un vago recuerdo y una imagen borrosa, el cómo no deben hacerse las cosas. En el camino de vuelta, estoy cabizbajo, apesadumbrado por la decepción, pensando en aquellos viajeros de hace veinte años que aún podían visitar estos rincones especiales de la tierra sin ser pisoteados por la turba devoradora que ahora lo invade todo.

Otra cosa que aprendo en las islas Phi Phi es que las quemaduras no pueden tratarse como si fueran heridas normales, y que el agua marina no solo no las cura, sino que las infecta. El dolor es especialmente intenso a primera hora de la mañana, tras los duros despertares que siguen a nuestros desmanes nocturnos; y es en estas horas cuando nuestra insensatez sale a relucir en forma de pústulas que coronan nuestras quemaduras. No fue mi momento más lúcido aquel en Krabi en el que convencí a Manu de que no habría problema con las heridas aunque no fuéramos a ver a un médico, que con la crema desinfectante y el agua de mar acabarían curándose solas.

Al final, el paso por el médico se hace necesario, pues la infección no da tregua. Nos raspan las heridas con un bisturí hasta que retiran todo “lo blanco” y parte de “lo rojo” que hay alrededor (que es carne evidentemente, no piel). Esto provoca uno de los peores dolores que recuerdo haber tenido en mi vida, y durante todo el rato que dura el suplicio, más la posterior limpieza y vendaje de la herida, solo puedo consolarme pensando en la valiosa lección que estoy aprendiendo: ¡Cuidarse las putas heridas!

Entre una cura y otra, en esta mañana de clínicas y hospitales, Manu se marcha. Su vuelo sale desde la isla de Phuket, a dos horas en barco de Koh Phi Phi. Debe volver a España, pues es persona currante y sus vacaciones tocan a su fin.

En el embarcadero nos despedimos, y yo le doy sinceramente las gracias por ser el único amigo que ha venido a verme y se ha unido a mí en este gran viaje, aunque haya sido solo por diez días.

Yo me quedo. No tengo prisa por abandonar Koh Phi Phi, pues aún no he de volver a Malasia hasta dentro de una semana y media. Un vuelo a España me espera allí el día 8 de Julio.

Ya atisbo el fin de etapa que ese avión supondrá, pues Asia quedará lejos al menos durante un tiempo. Pero aún me queda tiempo aquí, y Phuket y Bangkok, las dos últimas paradas del viaje, darán qué vivir.

domingo, 1 de diciembre de 2013

Persiguiendo el paraíso perdido: Krabi y las islas Phi Phi (1)


La mañana post-luna llena se me hace muy cuesta arriba. El sol atiza mi cuerpo reseco más de lo que lo había hecho nunca, los excesos se pagan físicamente con boca pastosa y un terrible dolor de cabeza provocado por el alcohol mal destilado. Pero la peor de las sensaciones es la profunda vergüenza para con mi amigo.

Nada más salir de la habitación a las 11 de la mañana, con premura pues un barco se nos escapa, Manu me cuenta como me perdió en el torbellino de cuerpos pintados, griterío y fuego en que se convirtió la fiesta cuando las drogas y el alcohol hicieron su trabajo. Escapé con la botella, como un prófugo, huyendo de la sensatez de un amigo que intentó advertirme de las consecuencias que traerían aquellos tragos sinsentido. Más tarde me encontró tumbado, dormido en la arena, con camiseta, cartera, y recuerdos robados. Con no poco esfuerzo, cargó conmigo hasta el hostal y me tiró en la cama, me imagino que sintiendo cierto desprecio hacía el guiñapo etílico en que me vi transformado. En días como este, siento que no merezco amigos así.

Para añadir leña al asunto, levanto una costra de arena que tengo en mi pierna izquierda y debajo me encuentro con una fea herida abierta. Es una quemadura, brillante y en carne viva, posiblemente producida por uno de los estúpidos saltos en la comba de fuego. Durante mi aciago paso por la fiesta ni la sentí, ahora me duele horrores.

La bajada de las aguas ha convertido las playas de Koh Phangan en marismas blancas que parecen cruzar el océano; este se ha retirado a zonas más profundas, quizá convaleciente también. Mientras esperamos al barco entre la multitud resacosa que se marcha de la isla tras la fiesta, intento aplacar mi malestar pensando que lo hecho, hecho está, y que cambiar eso es imposible.

Koh Phangan beach
Playas de Koh Phangan

Playa Koh Phangan
Las aguas retiradas

Playa Koh Phangan
Recolectores 

Tailandia costa
Costas

Tailandia costa sur
La muela

La localidad occidental de Krabi es nuestro nuevo destino. Para llegar hasta allí debemos esperar a que nuestro barco descargue en Koh Samui, y después nos acerque a la espectacular costa peninsular, escarpada de grandes rocas molares como la mandíbula irregular y descuidada de un leviatán marino. Ya en tierra firme, descansamos lo que podemos a bordo de un autobús que cruza de nuevo la lengua de tierra tailandesa mientras esperamos a que la voz chillona del conductor anuncie ¡Krabi!

Esta ciudad costera, pequeña y muy tranquila, que mira quizá con envidia las luces frenéticas de neón que iluminan el cielo sobre la vecina isla de Phuket, o sobre el archipiélago de Phi Phi, más al Sur, se me antoja como un tesoro poco valorado. Un breve alto en el camino demasiado rápido de los que buscan transitar por Tailandia en una semana. Yo creo que la ciudad, capital del estado de homónimo, ofrece mucho más que eso.

Pese a que solo la conocemos de noche, y es por eso que digo “creo”, la localidad nos regala con una de las vueltas sin rumbo más agradables de todo el viaje. Calles oscuras y prácticamente desiertas; Pad Thai a 35 bahts (la mitad que en las islas, y una de las razones que me llevan a pensar que estamos en un sitio mucho menos turístico); un encuentro repentino con un templo budista de inmensas proporciones, el primero que vemos del estilo tailandés (más recargado y colorido aún que el camboyano, aunque parecido); y un final de velada en un bar que encontramos de casualidad y en el que acabamos participando en una jam session muy divertida con gente local.

Y es que la gente en Tailandia, pese a su hosquedad superficial, está abierta al extranjero igual o más que en otros lugares de Asia, siempre que el extranjero esté abierto a ellos. Casi nunca amables en los sitios masificados, donde los turistas hacen cola delante de ellos sin mirarlos, con sus bañadores de diseño y sus tatuajes tribales cuyo significado desconocen, pero siempre dispuestos a invitarte a una cerveza y charlar contigo hasta la madrugada si tú haces el esfuerzo por conocer, integrarte, y salirte del camino marcado por las pisadas.

Los dueños de aquel bar de Krabi, un matrimonio entrado en los cuarenta, se sorprenden muy gratamente de nuestra presencia en aquel callejón secundario, de nuestro afán exploratorio, y de nuestra amabilidad para con el habitante local. Es por eso que nos invitan a sentarnos y enseguida se sientan con nosotros a la mesa, al igual que hacen el resto de parroquianos, con la misma curiosidad hacia nosotros que la que nosotros sentimos hacia ellos.

Cuando, ya entrada la madrugada, solo nuestra mesa está ocupada y animada, las camareras se unen al grupo, formado por los dueños, un tailandés vividor llamado Jack, un detective singapurense, un inglés borracho que vive en Krabi desde hace 20 años, y nosotros.  

El ambiente en aquel rincón tan alejado de todo nos invita a pedir hasta cuatro jarras de cerveza Singha (le mejor de Tailandia, por encima de la Chang, y además más barata), pese a que nuestro barco hacía el archipiélago de Phi Phi parte a las ocho de la mañana siguiente. Nuestros acompañantes cantan y Manu se une a ellos con confianza, yo participo tocando unos bongos que me han dado. Ellos nos felicitan por nuestro buen hacer musical y durante un momento, todo lo malo de la noche anterior parece esfumarse y somos de nuevo hombres felices en Tailandia. No hay duda de que aquella será otra de las noches que me guardaré siempre en el recuerdo de este gran viaje a través de Asia.

Las despedidas llegan a las cuatro de la mañana, con el consiguiente intercambio de facebooks y mails y algún tonteo que otro con las camareras. Por suerte, el hotel está cerca y no nos perdemos. El sueño será corto y poco reparador, pero al menos esta noche no hay insectos indeseables en la habitación.

Krabi
Nuestros amigos de Krabi: (Izq- Dcha) Peter el inglés, Juraimi el detective de Singapur, Manu, yo, Jack el vividor y el dueño cuyo nombre no recuerdo...
A la mañana siguiente, no es la luz que entra campante por la ventana lo que me despierta, ni tampoco la alarma de mi teléfono móvil; es un dolor lacerante que proviene de la quemadura de mi pierna como una marabunta de microscópicos pinchazos ardientes lo que me trae de vuelta al mundo con brusquedad. La herida no ha cicatrizado, ni mucho menos. De hecho, está supurando un líquido amarillento que llega hasta mi píe. Me aplico una crema desinfectante que aún conservo desde mi caída en la isla de Penang y consigo así refrescar ligeramente la quemazón y ponerme en pie.

Manu también se quemó en la Full Moon Party, así que ambos dedicamos parte de nuestro renqueante trayecto hacía el puerto de Krabi a maldecir a los desgraciados que manejaban la comba endiabladamente para hacer caer a todo blanquito que se creía lo suficientemente bueno saltando.

Por suerte, es fácil olvidar el dolor en Tailandia.

Dos horas dura el trayecto tranquilo y no muy caluroso en la barcaza destartalada, con un viento matinal suave que trae sal y buenos olores marinos. Pasado ese tiempo, desde la cubierta, puedo ver la isla de Koh Phi Phi Don aparecer a lo lejos, en mitad del océano. Un nuevo paraíso, pienso, y me apresuro a despertar a Manu, que yace en la atestada bodega de pasajeros. La llegada sobrepasa las expectativas más optimistas, y no podemos más que abrir la boca y maravillarnos ante la gran bahía, encajonada entre riscos verdes, con playas llenas de macacos y las aguas transparentes surcadas de bancos de peces.

Koh Phi Phi bahia
La bahía desde el barco

Koh Phi Phi playa
Bahía pirata

Koh Phi Phi
Barcos y aguas cristalinas

Koh Phi Phi
Koh Phi Phi Leh, al fondo. Eso es lo que supuestamente nadó Di Caprio en La Playa...


Koh Phi Phi Don es una maravilla de la naturaleza que fue casi totalmente arrasada por el tsunami que azotó el Océano Índico en el año 2004. La isla está formada en realidad por dos mazacotes cubiertos de naturaleza unidos por un estrecho pasaje de tierra de quizá un kilómetro de ancho donde se encuentra la única población de la isla. Esta es una amalgama de casas bajas desordenadas, la gran mayoría reconstruidas tras la ola destructiva. Hay calles muy estrechas que recuerdan a una ciudad sacada de alguna novela de piratas. Caos asiático por todas partes, aunque enseguida me doy cuenta de que hay un elevado porcentaje de turistas, la mayoría ingleses.

Y es que aquello, por lo que parece, debe de ser algo así como el Benidorm de lujo para los turistas british de alto standing. Vemos mucho backpacker de diseño, muchas pandillas de niñas desmadradas en viajes sin padres. Eso no mola tanto como la isla en sí. A un lado del estrecho, las vistas son una maravilla, con una gran bahía atestada de barcas largas decoradas con flores que entran y salen  pasando por delante de los acantilados y las playas dominadas por primates, con la isla de Koh Phi Phi Leh al fondo, como una gran tortuga que flota indiferente al paso del tiempo. Al otro lado, está la bulliciosa playa donde los backpackers anglosajones se bañan, lucen musculitos y se toman daikiris con precios inflados. Es una buena playa, aunque algo cerrada y estancada y quizá demasiado atestada de gente.

Tras un par de preguntas a la gente indicada, nos enteramos de que Koh Phi Phi Don cuenta con un par de playas algo alejadas del bullicio del estrecho central. Concretamente, la conocida como Long Beach se erige rápidamente como nuestra favorita. Además de presenciar allí una curiosa disputa entre un perro y un macaco (nada muy serio), lo cual nos anima la mañana, el lugar resulta sobresaliente. Podría fácilmente tratarse de la mejor playa en la que he estado, aunque eso es algo difícil de decir tras los últimos meses. Como no es fácil describirla sin caer en grandilocuencias, os dejo unas fotos para que juzguéis vosotros mismos:

Koh Phi Phi long beach
Long Beach

Koh Phi Phi long beach
Koh Phi Phi Leh en la lejanía desde Long Beach

Koh Phi Phi long beach
Flotando en cristal, foto by Manu


La vida turística en Koh Phi Phi Don transcurre mayoritariamente en el centro de la isla, dejando los dos macizos rocosos en libertad para que la calma campe a sus anchas a través de la jungla escarpada. Por los caminos de tierra que recorren la isla hay poblados más pobres, más ajenos a las luces y las discotecas de la playa, también hay grandes agujeros de tarántulas entre las raíces, alarmantemente cerca de nuestros pies descalzos en los desplazamientos entre playas.

Si se sube lo suficientemente alto por los riscos de la zona Oeste, la verdadera geografía de la isla queda al descubierto, y solo entonces puede apreciarse lo estrecho que es realmente el banco de arena sobre el cual se erige la ciudad, así como la claridad de las aguas bajas costeras. Al otro lado, las montañas impracticables y deshabitadas de la zona oriental, a las que no se puede llegar si no es escalando paredes verticales de rocas que parecen derretidas por la erosión. Y aún con preparación y equipo de escalada, dudo que se pueda alcanzar el extremo meridional. Me pregunto qué hay allí detrás, en los valles que no se ven ni desde tierra ni desde mar, qué criaturas habitan en ese terreno ignoto.

Koh Phi Phi view
Bahía desde lo alto

Koh Phi Phi view
El estrecho y el territorio salvaje al otro lado


Cuando el velo nocturno cae sobre Koh Phi Phi Don, una vida diferente empieza. Clara y pausada, sin brisas, la noche es larga en el extremo más cerrado del estrecho, donde la playa alargada y continua permite que las discotecas y los bares conquisten la arena hasta casi llegar al romper de las olas. Hay sillones y velas, espectáculos de fuego que hipnotizan, pistas de baile improvisadas sobre las suaves dunas, y música y luces estridentes. La playa entera se convierte en un monumento al placer, a los impulsos, y a la relajación del cuerpo y del espíritu... 

miércoles, 20 de noviembre de 2013

Tailandia, el comienzo del final: Paso por las islas del Este


Hay viajes que cambian. Cambian personas tanto por dentro como por fuera. Cambian percepciones de uno mismo y del mundo. La cualidad de un lugar remoto, de una persona remota, de algo tan lejano a nosotros que al encontrarnos con ello sintamos que hemos despegado de la realidad, esa cualidad nunca debe de ser subestimada.

Mi viaje llega a su fin. Tailandia es la última parada de esta línea vertiginosa que ha recorrido una parte muy especial de Asia. No podía ser de otra manera, acabar aquí, donde los caminos parecen confluir en una vorágine de estímulos que ha conducido a muchos a la locura, al final definitivo de sus viajes, o al principio de otros deambulares más oscuros.

Un periplo tan largo como el mío por Tailandia no debe contarse al por menor, pues aquí no estamos para aburrir a nadie. Quizá el dibujo que quiero hacer de Tailandia deba ser más abstracto, más personal que el presentado en un mero diario.

Son estas mis impresiones sobre un lugar que me hizo pasearme por el filo, con un pie excitantemente suspendido sobre el abismo.

Durante la primera parte de este gran viaje, de unos 20 días, Manu fue mi compañero. Un aventurero con inquietud nata y muchas ganas de moverse, como yo, cuya presencia siempre fue un plus y nunca un contra. Buen caminante y apasionado de las artes marciales y la vida en Asia, suficientes puntos en común como para que este fuera ya nuestro segundo paseo por esta región del mundo. Nuestras idas y venidas por China y Nepal pueden ser seguidas en su blog, el proyecto Ronin: http://roninatravesdeasia.com/a-traves-de-asia/nepal/.

Yo le presento Kuala Lumpur durante los dos primeros días tras su llegada, primera vez en el sureste asiático. Calor ¿eh?

De las torres Petronas a Chinatown se camina deprisa y admirando los edificios británico-musulmanes, indios y chinos, los pedazos de selva aislados entre las mareas de cemento, y el cóctel étnico que sigue creándome fascinación después de seis meses en la ciudad. Nuestro hostal es agradable, aunque esté inquietantemente lleno de gente desagradable. Entre ellos destaca el señor Stanley Gouri, miembro del clan de los Gouri, tres pakistanís dedicados en cuerpo y alma al digno arte de la holgazanería y el estorbo. Las prácticas horrendas de Stanley incluyen la llegada etílica a la habitación, la exhibición ridícula y ligera de ropa de muay thai en la recepción, y la fotografía de otro de los Gouri desnudo y desmayado por la ingesta de alcohol en nuestra litera de abajo. No Cool..

Aquellos días en Kuala Lumpur tan solo son el principio o la antesala, y no es hasta que no nos despertamos a las cuatro de la madrugada para coger el vuelo a la isla de Phuket que no sentimos que estamos a punto de embarcarnos en una nueva serie de correrías asiáticas.

Pocas horas después de un nuevo despegue desde el archiconocido aeropuerto de KL, las grandes columnas de piedra que forman los islotes diminutos y deshabitados del sur de Phuket aparecen debajo de nuestro avión como caparazones de tortugas gigantes llenos de vegetación. La escena me deja sin habla.

Phuket, no obstante, es un lugar feo al que más tarde, ya sin Manu, habría de volver para pasar una de las noches más erráticas de toda mi vida. Por el momento, tres autobuses y después un barco nos llevan al otro lado de la estrecha península, que es más un dedo largo de tierra que une Bangkok con el Norte de Malasia que una península propiamente dicha. Lo que veo desde el autobús me parece una mezcla entre cosas de Malasia y cosas de Camboya. Esto puede sonar evidente ya que Tailandia está justo en medio de los dos, pero no deja de estar de más darse cuenta de cosas. De que el nivel de vida no es ni tan acomodado como el de Malasia ni tan paupérrimo como el de Camboya, de que el terreno es montañoso y tapizado de jungla como en Malasia, pero barrido por un calor algo más seco, como en Camboya. Vemos elefantes durante el camino, en la selva, ayudando en tareas de recolección. Esto me recuerda más a Nepal. Tailandia es un país en el que se mezclan muchas cosas, y donde lo mejor convive muchas veces puerta con puerta con lo peor.

Durante el trayecto en barco, conocemos gente. En su mayoría backpackers que han venido a pegarse la madre de todas las juergas. Entendible. La gente parece ir con otro chip activado en Tailandia, hay un ambiente relajado y muy agradable entre la comunidad de viajeros, y esto hace que conocer gente sea algo tan fácil como relajarse en una cubierta de un barco al aire fresco nocturno, con una cerveza Chang en la mano.

Veo mucha gente estresada cuando nos bajamos del barco en Koh Samui y resulta que no hay más transportes a otras islas, tan solo un puerto desierto con dos taxis en los que no cabemos todos. Backpackers poco acostumbrados a los ritmos de Asia. Aquí estresarse solo empeora las cosas. Y así debería ser en todas partes.

Como somos gente maja, dejamos que cuatro chicas americanas que se han quedado sin barco hacia su destino final se monten en el taxi con nosotros. Tenían un hotel (que no hostal) reservado en Kho Phagnan, así que no solo se han quedado tiradas sino que además han perdido bastante pasta, pero están de buen humor. Esa noche acabamos todos alojados en unos bungalows bastante bien puestos con piscina y cercanos a la playa, por encima de los cuales vuelan aviones extremadamente bajos que van y vienen del aeropuerto de Koh Samui, quizá por eso sean tan baratos. Al grupo se ha unido un brasileño de 19 años que no para de tratar de llamar la atención de las chicas poniéndose la mayoría de las veces en evidencia, y un callado canadiense de la parte francesa que habla peor inglés que yo pese a venir de un país anglosajón.

Salvo Manu, el resto de personas del grupo me aburren. Dos de las chicas americanas, de origen filipino, no comen ni pasta ni pollo porque engorda, durante la cena piden ensaladas, lo cual es un concepto que a duras penas se trabaja en la cocina tradicional asiática (En una cocina de corte sencillo, ¿Cómo va a comerse algo que no llene ni alimente?). Es por esto que no prueban el delicioso Pad Thai: los noodles fritos de estilo tailandés con cerdo o pollo y verduras que constituirían mi dieta durante los veinte días que estaría deambulando por Tailandia. Me gusta el toque original que se consigue añadiéndole cacahuetes molidos, y también el hecho de que se pueda averiguar el nivel de vida y el del turismo de una zona concreta tan solo mirando al precio del Pad Thai, que está en todos y cada uno de los restaurantes como primer plato de la carta. En las islas del Sur, donde es prácticamente imposible encontrarlo a menos de 60-65 bahts (aproximadamente un euro y medio), hay quien dice que en algunos barrios de Bangkok se puede comprar en puestos callejeros por 30 bahts.

Pese al ligero tedio, la noche acaba como debe acabar una noche que se precie en Tailandia: Cerveza barata en la playa, pibas mochileras, un baño de medianoche en la tibia piscina del poblado de bungalows, y un encuentro surrealista con un greco escocés homosexual llamado Athos al que una prostituta ladyboy borracha le ha engañado para venirse a dormir a su bungalow (En efecto, encuentros en la tercera fase como este se sucedieron durante casi todas nuestras noches en las islas del sur, y más tarde durante mi aventurilla en Bangkok. Cambiando tan solo el nombre, la nacionalidad y la singularidad de la situación en concreto, que fue en aumento gradual).

Así era la vida en Tailandia, disoluta como ninguna. Una vida que hacía sentirse a uno mal por momentos, como si después de alguna de estas noches fuéramos a vernos obligados a trabajar diez duros años en una mina para compensar semejante falta de preocupaciones y ocupaciones.

Los únicos momentos estresantes del día a día ocurrían en las agencias que vendían los pasajes entre islas, y en los muelles. Con arduas negociaciones y precarios acuerdos sobre precios inflados. Con hoscos funcionarios con el odio al occidental marcado en cada gesto. Con largas esperas sobre maderas podridas y basura portuaria, y dificultades para encender cigarrillos frente al viento.

Pero ese es el precio a pagar por saltar de una isla a otra, por admirar cada puntito de belleza en el mapa. Una vez en Koh Tao, la isla Tortuga, hemos dejado atrás a toda la gente que habíamos conocido en Koh Samui. Es algo así como empezar de cero tras cada barco.

Un nuevo hostal, esta vez en lugar de arañas, hay ciempiés circulando por las zonas comunes. Se respira una tranquilidad de bahía tras el bullicioso muelle de Koh Tao, un ambiente propicio para relajarse y pensar en desenterrar tesoros de piratas chinos que llevan siglos bajo el gran caparazón de tortuga al que se asemeja la isla.  También para caminar despacio entre el ritmo y las gentes tropicales de la isla. Como siempre, una internada en la selva es casi obligada, al menos hasta alcanzar algún risco desde el que dominar las breves costas. En estas islas montañosas, todo es cuesta arriba una vez que has dejado atrás la orilla del mar: buen ejercicio para las piernas, y buenas vistas. Deberíamos haber traído un catalejo.

Islotes tortuga en Koh Tao, foto de Manu



Oteando, foto de Manu


El arduo camino de los piratas



A la noche, bares-cabaña donde las olas entran con desparpajo y frescura hasta las improvisadas pistas de baile. Gente con los cuerpos pintados y tailandeses haciendo malabares con fuego. Hay una fiesta de buceadores que celebran que han acabado un curso de nivel nosequé. Un viejo toca la batería siendo salpicado por olas especialmente fuertes esa noche. Las ladyboys campan a sus anchas a partir de las 2, como siempre, cuando los blancos ya van suficientemente animados como para no distinguir con quien se van a donde quieran que descansen sus macutos…

Al día siguiente, alquilar una moto para un día entero por el equivalente a tres euros y medio suena demasiado bien como para no hacerlo, aunque no hayamos montado en una en nuestras vidas. Nos dan la moto, que es más bien una motillo, sin casco y sin pedirnos el carnet: otra maravilla asiática. La precaución inicial enseguida se disipa en un chute de confianza, y acabamos metiéndonos por una carretera con muy malas pulgas en busca de un gran esqueleto de ballena que aparece en nuestro mapa y que yo me he empeñado en encontrar. Tras unas cuestas en las que parecemos a punto de volcar hacía atrás por falta de adherencia, curvas cerradas, y trozos de firme ondulado, pasa lo que tenía que pasar, me salgo de la carretera y mi motillo cae aparatosamente sobre los helechos del sotobosque que antecede a la profunda jungla que nos rodea y aísla. Por suerte, un rasponazo es todo lo que tengo que lamentar sobre mi cuerpo. No puede decir lo mismo la moto, que yace maltrecha entre la maleza con el espejillo doblado en ángulo imposible, una luz rota, y feas ralladuras en el costillar.

Como sospechamos que la verdadera fuente de ingresos de estos micro negocios de  alquiler de motos son los cargos por desperfectos del vehículo, antes de devolverla tratamos de adecentar la motillo lo más posible y llenamos el depósito con unas botellas de wishky llenas de gasolina que nos venden en el camino (no podemos deshacernos de las motos y largarnos sin más pues tienen el pasaporte de Manu como fianza). Bajo una intensa lluvia, que parece predecir el desfalco, el chavalín joven del alquiler me revisa la moto de arriba abajo descubriendo todo el pastel, y viene con el parte: 100 euros a cambio del pasaporte de Manu. El esqueleto de ballena no los valía…

El bar Loto

Playa de Sai Ree

Barcos al anochecer

Koh Tao podría perfectamente ser el afterhours al que venir tras las estridentes fiestas de Koh Phangan, isla vecina (Koh Samui, Koh Phangan y Koh Tao, las islas más conocidas de la costa Este); y su pinchada sería un chill out muy ligero, que puede prolongarse durante horas y horas mientras el cuerpo descansa en uno de los asientos con cojines que hay dispuestos a lo largo de las playas de polvo blanco. Playa y jungla para ordenar las sensaciones extrañas que advienen a mente y cuerpo después a todo exceso.

Pero nosotros lo hacemos al revés. Primero descansamos, sin saber muy bien de qué, en la isla tortuga y después nos unimos a toda la vorágine de peregrinos en busca del placer supremo que se dirigen a la Full Moon Party de este mes.

El barco va demasiado deprisa. Alguien ha debido de ver que muchos de los pasajeros (incluidos nosotros) llevaban ya al embarcar un número considerable de cervezas tanto en bolsas de plástico como en el interior de sus cuerpos, y ha decidido que es divertido verles tambalearse y dar tumbos por las cubiertas, vomitar por la borda y estar a punto de caer por las empinadas escaleras con cada violento golpe de oleaje. Realmente lo es. El único problema es que, el barco mucho más lleno de lo indicado, el inusual oleaje, y la velocidad, son elementos adversos que también nos afectan a nosotros. Acabamos obligados a refugiarnos en una esquina junto a unos cubos de basura con gente cayéndonos encima y pisándonos casi todo el rato. Un guaperas alemán que va a la fiesta desde Koh Tao con 60 bahts como toda pertenencia se une a nuestro grupo, y más tarde en el puerto de Koh Phangan, lo hace un holandés silencioso, obeso y algo sospechoso. Todos tenemos el mismo destino y todos sabemos que es bueno compartir gastos. Además la charla con el alemán es agradable.

Los bungalows de Koh Phangan son más baratos que los encontrados en las dos islas vecinas. También son más ruinosos, y la estancia se comparte con unas agradables arañas negras peludas que se niegan a abandonar la habitación. Koh Phangan es una isla más adaptada para el backpacker de presupuesto bajo, con una mayor cantidad de tiendas de alcohol muy barato, un pad thai de peor calidad, y por supuesto la mejor fiesta, la Full Moon Party.

La fiesta de la luna llena es una de esas celebraciones en las cuales los asistentes se escudan en la singularidad y la tradición para justificar excesos que no cometerían en ninguna otra noche del año. Lleva organizándose mensualmente en cada noche de luna llena desde el año 85 y, lo que empezó siendo una reunión de amigos viajeros se ha convertido en una de las fiestas más concurridas del planeta, con entre 20.000 y 30.000 asistentes cada año, la gran mayoría occidentales.

En realidad, no es tan especial. Ni tan distinta de cualquier otra rave en cualquier otra parte del mundo. La misma música de siempre, alcohol, drogas, tías semi-desnudas, luces brillantes y centellas en miles de ojos vidriosos. Como novedad, el fuego. Y es que en las playas de Tailandia es un elemento casi omnipresente en cada fiesta o lo que es lo mismo, en cada noche. En luna llena el fuego es más grande y quema más. Hay combas con cuerdas ardientes en los que los borrachos saltan y caen al suelo, muchos de ellos con quemaduras en las piernas. Hay limbos de fuego en el que un mal movimiento puede dar con tu cara a la brasa, también hay malabaristas y acróbatas: tailandeses adolescentes que dominan varas, aros y boleas ardientes como si fueran extensiones de su cuerpo fibroso y escuálido, algunos sobre la arena de la playa y otros en equilibrio precario, sobre barras o cuerdas.

Aquello parece un circo de piromantes, pero sigue siendo una fiesta, y el alcohol lleva fluyendo a ritmo vertiginosos por mis venas desde la isla anterior. A diferencia de los de Manu, mis saltos en la comba de fuego me producen más vergüenza que orgullo. Y lo último que recuerdo es cambiar la botella de cerveza barata con sabor a sidra por una de whisky tailandés de baja gama, con ese color claro de agua sucia y ese olor a perfume de prostíbulo. Y dar un trago como si aquello fuera un refrescante cáliz en las últimas estribaciones de un desierto.

El resto de la noche me viene a la cabeza a la mañana siguiente en ráfagas confusas y dolorosas, como puñetazos certeros lanzados por un boxeador a su rival al borde del KO. He perdido mi cartera, he perdido mi mejor camiseta, y sobre todo, he fastidiado la fiesta a mi amigo Manu.

lunes, 7 de octubre de 2013

Orangutanes y tribulaciones del autoestopista, mi último día en Borneo

La conmoción creada por la inesperada depravación del individuo me impide reaccionar con la debida anticipación, y esta habría resultado bien necesaria pues la pregunta es puramente retórica: sin esperar respuesta alguna, alarga su sucia mano y me agarra mis partes pudendas con saña. De un empellón, ya plenamente alerta, aparto su brazo de mí y dispongo mis puños en posición de defensa. Le espeto que qué demonios hace, que por supuesto que no puede tocar a un completo desconocido cuya orientación sexual desconoce (si al menos me hubiera invitado a una copa antes...). Todo esto queda claro aquí escrito, pero puede que mi inglés atropellado por la situación no fuera tan contundente. El miserable calla y mira al frente. Calla durante unos dos minutos, largos y tensos como no recuerdo haberlos vivido en mi vida. La escena se halla además agravada por el hecho de que no tengo ni la más remota idea de dónde estamos yendo. Por lo que sé, este pervertido sexual podría estar llevándome a un descampado de las afueras donde esperan amigos suyos o al mismísimo centro de la jungla borneana.

Le digo que no vuelva a tocarme y que por favor me deje bajarme del coche pero él me ignora. Mi codo está preparado para incrustarse en su tráquea en caso de que vuelva a alargar la mano hacía mi (esto sería bastante estúpido, dado que él va al volante, pero ¿qué otra cosa puedo hacer si vuelve a ponerme un dedo encima?).

Al cabo del  rato de silencio, vuelve a hablar como si no pasara nada, y me pregunta si creo que Nadal volverá a ser número uno del mundo. Una trivialidad tan desacorde con la situación que empiezo a pensar si quizá debería añadir la psicosis a la lista de desórdenes achacables al conductor pervertido y a considerar el salto del coche en marcha como una opción cada vez más factible. Le sigo la corriente pues me parece mejor no cabrearle, aunque la tensión no se diluye ni un ápice y mi cuerpo sigue preparado para actuar con violencia extrema en cuanto cualquier parte de su cuerpo vuelva a mancillar mi espacio vital.

Al cabo de unos minutos de banal conversación, empieza a preguntarme insistentemente dónde voy a dormir y qué voy a hacer esa noche. Le contesto que tengo varios amigos esperándome en KK, con el objetivo de hacerle pensar que habrá alguien preocupado de buscarme si no aparezco por lo que sea. Al rato, parece desistir, enmudece y pasados unos minutos me deja en las afueras de KK. No conozco la zona pero me da igual, en cuanto el coche se para me despido con la mayor sequedad posible y me alejo del vehículo con la mente aún atribulada por la experiencia surrealista que acabo de vivir.

Como queriendo compensarme a mí mismo tras el mal rato pasado, me compro una pulsera en un mercadillo por el que paso casualmente y después me dirijo hacía el puerto de KK. No tiene pérdida, tan solo debo seguir las calles transversales que dan a la gran negrura abismal que es el océano nocturno en la lejanía. De camino me tomo unos rottis (tomarse dos grandes tortas de pan malayo con salsa por 50 céntimos de euro también anima a cualquiera), y veo un rato de una película en la misma cafetería mamaks. Aaron me llama al fin cuando estoy a punto de engancharme al telefilme: está en el paseo marítimo así que me reúno con él y le invito a una (carísima) bebida  en la discoteca de moda de KK, llamada BED (acrónimo de Best Entertainment Destination, ya ves), mientras le cuento el lamentable episodio.

El ambiente de domingo del local no anima a quedarse a una segunda copa: el enorme espacio está prácticamente vacío con excepción de algunas mesas ocupadas por la mafia local y demás sabahanos con aspecto aburrido. Un grupo toca en directo canciones más bien lentas que no levantan ningún impulso de sacar a una chica a bailar, es otra de esas bandas asiáticas que tratan de versionar sin mucho éxito grandes hits occidentales. Consulto con Aaron y ambos estamos de acuerdo con efectuar la retirada al hogar. Allí vemos un par de capítulos de South Park y tras ello nos deslizamos en nuestros respectivos sofá él y colchón viejo yo para disfrutar de un merecidamente plácido final a esta trepidante tarde.

El lunes, fiesta nacional en toda Malasia, amanece mi último día en Sabah, y lo hace con un nuevo plan que se viene abajo. El santuario de protección de orangutanes más cercano a KK, al que pensaba ir en sustitución de la gran reserva de Sepilok, requiere de una reserva previa para las visitas, ya que está extremadamente solicitado y los orangutanes solo se acercan a la gente dos veces al día, cuando los cuidadores les dan de comer. Un telefonista algo seco me da la información por teléfono y mi día se queda sin rumbo. Me voy a dormir un par de horas más y cuando me levanto definitivamente me siento en el sofá del salón de Aaron a ver a su hermano jugar a la Xbox.

Estoy aburrido, pero al fin y al cabo, estoy disfrutando de lo que muchos dicen es una de las mejores cosas que se pueden hacer en Sabah (y en general en Malasia): la homestay, o alojarse con una familia de la zona para disfrutar de la hospitalidad local. Y esto no está al alcance de todo el mundo.

Aún no estoy del todo despierto cuando Aaron me cuenta que quizá todavía exista una última oportunidad de ver Orangutanes en Sabah antes de que mi vuelo me devuelva a la civilización esa misma noche: el zoo/reserva de Lok Kawi.

Aaron conoce bien Lok Kawi, pues trabajó allí durante dos años cuando era más joven, siendo, por cierto, picado en la cabeza por el vetusto avestruz del parque, que aún sigue allí. Para llegar hasta el lugar, atravesamos una carretera rural típica de Borneo: muy curvilínea y estrecha, con el firme hecho polvo, y rodeada de selvas tupidas, pequeños campos de arrozales, y poblados tribales con cabras, gallinas y niños desnudos por igual, todo bajo la eterna bóveda azul que conforman los claros y limpios cielos de Sabah. Aaron dice que echaba muchísimo de menos conducir por aquellos parajes, y he de decir que no me extraña nada: es un placer abandonar al desagradable tráfico y a los taxistas miserables de Kuala Lumpur, aunque sea solo por unas cortas vacaciones.

Lo que un manager listillo ha venido a llamar reserva natural de Lok Kawi es más bien un zoo corriente, con especies endémicas de Borneo que no pueden verse en ninguna otra parte, eso sí, pero encerradas en jaulas demasiado pequeñas y con aspecto de no ser los seres más felices del mundo. Destacables son los monos probiscuos, pegados a la reja y con sus feas narices ahora si bien visibles, el tigre malayo, de pelaje ralo y colores nítidos, que impresiona como todos los tigres, animal favorito del que escribe, y por supuesto los orangutanes. Como dijo una vez mi amigo del viaje a Camboya, Breo: si alguien duda alguna vez sobre el origen del hombre, sobre nuestra teórica procedencia del mono, debe entonces viajar a Borneo, el único lugar del mundo donde es posible contemplarlos en libertad, y mirar a una de estas criaturas a los ojos. No le faltaba razón. Pero no son solo sus ojos, son sus movimientos, sus gestos, lo que les hacen parecer tan humanos, algo deformes eso sí, y con mucho pelo, pero inquietantemente humanos. Con sonrisas y miradas tristes, respondiendo a gestos burlones hechos por los supuestamente más inteligentes seres que los observan desde el otro lado de la barrera y el foso, con sus movimientos agiles propios de gimnastas a través de su amplio hábitat, sus saltos y la fuerza descomunal con la que cuelgan y descuelgan sus robustos cuerpos. Uno puede pasar horas mirando a estos cuasimodos peludos sin aburrirse. Y prácticamente eso hacemos, pues son casi las cinco de la tarde cuando Aaron me pregunta si me apetece volver ya.






Durante el camino de vuelta, Aaron me cuenta más historias sobrenaturales originarias de Sabah, como la de la gran roca que yace inamovible en lo alto de una colina cercana a la carretera. Dice la leyenda que la roca contiene en su interior a un peligroso demonio, y que todo el que intenta retirarla de su posición milenaria, sufre un terrible destino. Aaron cuenta todo esto con la vehemencia de un auténtico creyente de estos mitos, y del mismo modo, cuenta como en cierta ocasión, su tía fue casi raptada por un espíritu maligno característico de una región del Sur de Sabah en la que las cabezas de algunos miembros de las tribus, que son en realidad demonios camuflados como humanos, se despegan de sus cuerpos y flotan por la noche aterrorizando y atacando a los incautos que se pierden en la selva. Escalofriante. Las historias sobre estos seres, junto con las de los demonios humanoides de cara invertida, de los que también me habló en otra ocasión, han conseguido hacer de mis caminatas en solitario por las selvas de Asia una experiencia menos apacible.

En otro orden de conversación, Aaron también me cuenta que en Kilamantan, parte indonesia de Borneo, (mucho más salvaje y despoblada que la parte perteneciente a Malasia, cuya selva y tribus están siendo devoradas lentamente por las plantaciones de palmeras de donde sale el aceite de palma usado para cocinar y como combustible en gran parte de Asia) aún existen tribus que realizan tatuajes mágicos con agujas y tinta naturales. Estos tatuajes se corresponden con habilidades sobrenaturales poseídas por el portador, y solo se accede a su realización si este ha demostrado su valía en determinadas pruebas tanto físicas como espirituales. Según me cuenta Aaron, el del delfín, por ejemplo, solo es posible obtenerlo si se han pasado una serie determinada de minutos debajo del agua sin salir a respirar.

Resulta fascinante la conexión que tienen los borneanos, y en general un porcentaje importante de los asiáticos (pues J o Faisal, así como otros muchos conocidos, también me han contado con gran convicción historias similares sobre espíritus y sucesos y entes sobrenaturales, como la de las monstruosas criaturas marinas que nadan en el mar de Java, tragándose barcos a placer), con sus tradiciones y leyendas espirituales. Esto ocurre independientemente de su nivel de religiosidad o su formación académica, pues ni Aaron ni J, pese a ser cristianos, son grandes practicantes; y ambos provienen de familias modernas y acomodadas y poseen títulos universitarios. Es algo, este nexo con nuestro pasado espiritual y legendario, que en el mundo occidental se ha perdido en gran medida, sobre todo entre los jóvenes, difuminado tras la era del progreso galopante, la sobre-información, y la frivolidad de espíritu.  

Cuando llegamos a casa de Aaron, saludamos a los perros que siempre rondan por la puerta y entramos al espacioso salón, lleno de imágenes católicas y retratos familiares. La madre, muy sonriente y amable como de costumbre, y con buen inglés, me dice que esa noche me van a invitar a cenar a uno de sus restaurantes favoritos, en un pueblo cercano. Lo que no me espero, es que al llegar al restaurante aparezca en diferentes oleadas la familia entera de Aaron. El tío con los sobrinos, los dos hermanos, la hermana, los padres y el abuelo.

Se trata de un restaurante chino, con sillas de plástico y mesas con centro giratorio para que los platos vayan pasando de comensal a comensal. Un chino de los de verdad vaya, con suelo sucio de azulejos, peceras llenas de peces con largas colas y largos bigotes, gatos somnolientos, camareros secos y acelerados, y muchos platos de comida que salen de la cocina a una velocidad apabullante. He estado en muchos restaurantes similares en Malasia, la diferencia es que esta vez la familia de Aaron sabe qué platos pedir. Manjares que no están en la carta y que jamás había visto llegan a la mesa y levantan mis alabanzas: destacable el pollo frito con mahonesa especial del restaurante (mejor nunca preguntarse de qué están hechas las cosas), que ya echo de menos cuando está dos puestos más allá en la mesa giratoria, pero también hay un pescado monstruoso de color morado y lleno de púas pero con un sabor delicioso, unos fideos fritos crujientes, parecidos a los que probé en Bali, y más platos muy abundantes de los que damos buena cuenta entre todos.

La familia de mi amigo es un grupo de gente muy agradable. La hermana, muy dicharachera y mucho menos tímida que los dos hermanos, es con quien más hablo, pese a estar, como tantísimos asiáticos, mucho más pendiente de su teléfono listo que de cualquier otra cosa a su alrededor (circunstancia que aprovecho para comerme parte de sus raciones, que ella dice no querer). El abuelo me pregunta con mucho interés por mis viajes, y me habla de los viajes que hizo a Europa en su juventud con un sorprendente buen inglés que no es fácil de encontrar entre los malasios de generaciones más ancianas. Este hombre con seguridad vivió la segunda guerra mundial en Sabah, donde los japoneses hicieron buena mella, con uno de los campos de prisioneros más grandes y más cruentos de todo el sureste asiático, situado en la ciudad de Sandakan. No me atrevo a preguntarle directamente, no obstante, y la conversación no da pie a ello.

Con el estómago bien lleno y ni un resto en los platos, Aaron me propone que vayamos tirando para el aeropuerto. Como allí no hay tradición de sobremesa, me levanto y doy un sincero agradecimiento a toda la familia que ha patrocinado mi estancia a cuerpo de rey en la isla de Borneo. Prometo darles el mismo trato si alguna vez ellos han de recaer por España (y da la casualidad de que yo estoy por allí, claro).

Son las ocho y media de la noche cuando me despido de Aaron en la cola de seguridad del aeropuerto de Kota Kinabalu. Le deseo suerte en sus últimos días de vacaciones con su familia y acordamos vernos en Segambut en menos de una semana, cuando deba presentarse de nuevo en el tajo. Tras un abrazo, agarro mi macuto y atravieso el control de seguridad, es hora de volver a la otra jungla, la de asfalto.


Fue la última vez que vi a Aaron. Nunca llegó a presentarse de vuelta en la ONG, ni siquiera para recoger su equipaje, nunca volvió a coger ni mis llamadas ni las de ninguno de nuestros amigos comunes de Segambut, tampoco volvió a responder a mensajes, ayudando de esta forma, a incrementar el misterio inherente que rodea a la gran isla de Borneo.

miércoles, 2 de octubre de 2013

Sobre el día en que acabé sin saberlo en el concurso de Mister Sabah 2013

Mi descanso en las últimas 72 horas ha sido misérrimo. Por eso decido levantarme un poco más tarde de los normal el domingo. Después de todo, una vez decidí quedarme por la zona de Kota Kinabalu renuncié a las prisas y los viajes eternos en autobús.

En la casa de Aaron se juega al Dragon´s Dogma, un juego de rol con multitud de criaturas fantásticas bastante espectacular, el día anterior estaba el hermano y hoy está el propio Aaron pulsando frenéticamente los botones. Me siento a ver como se vicia hasta que la madre nos trae unas cajas de corcho blanco con lonchas de cerdo y pollo en salsa agridulce y arroz. Son más abundantes de lo que suelen serlo estas cajas porque la señora conoce a un hombre del restaurante donde las ha encargado, están muy buenas. Después nos vamos de nuevo a la ciudad, sin hablar demasiado. Hoy toca día de relax en las pequeñas islas que salpican la costa frente a Kota Kinabalu.

Hay cinco islas a elegir, todas forman parte del parque nacional Tunku Abdul Rahman (pese a que Sabah es de mayoría cristiana y uno se siente totalmente fuera de Malasia, las cosas oficiales aún llevan los nombres de los sultanes malayos). En el embarcadero hay fotos de las diferentes islas, así como multitud de agentes y agencias que ofrecen barcos y paquetes de varias islas a diferentes precios y a voz en grito, creando el caos habitual de todas las estaciones y embarcaderos de Asia. Elijo ir a Pulau Mumatik, la más pequeña de todas las islas, por recomendación de Aaron y Dajana. Aaron se despide y acordamos encontrarnos en ese mismo embarcadero a las seis de la tarde, no tiene dinero para pagar el barco y se niega a coger ni un céntimo de lo que le ofrezco, sospecho que está deseando volver para seguir jugando al Dragon´s Dogma.

El viaje en speedboat dura menos de diez minutos. Surcamos la gran bahía de Kota Kinabalu a gran velocidad, casi sobrevolando el agua entre ola y ola. Una parada en Pulau Gaya donde se bajan la mayoría de los pasajeros del barco (motivando mi esperanza vana de encontrarme la isla a la que voy medianamente vacía), y la siguiente isla es Pulau Mumatik, un pedazo de tierra de menos de un kilómetro cuadrado rodeado de aguas claras y transparentes como cristal líquido.  Desde el embarcadero, puedo ver los bancos de peces diminutos moviéndose al unísono, persiguiendo los reflejos vibrantes de las personas que desfilan por la pasarela. “Bienvenidos a Pulau Mumatik” reza un cartel.

Peces en agua cristalina

Las playas de la isla son las más claras que he visto. Los colores suaves de la arena blanca, el agua turquesa, y el cielo azul intenso se fusionan de forma perfecta. Algodón en las nubes, polvo en la playa y cristal en el agua, la línea entre los elementos es difusa y todo parece formar un cuadro inalterable. Al fondo, surgiendo del mar calmo y perfecto, el acero negro de los riscos de Sabah y el Kinabalu, que parece el Monte del Destino, expulsando las nubes que tamizan en jirones la costa escarpada. Hacía tiempo que buscaba una playa así.

Pulau Mumatik playa Sur

Nubes y mar en Pulau Mumatik

Pulau Mumatik playa Este

Barca y Pulau Gaya en el horizonte


Paso lo que queda de la mañana y gran parte de la tarde flotando en el agua, haciendo snorkeling con el equipo que he alquilado y paseando por la isla, que se recorre de un extremo a otro en menos de tres minutos. Intento permanecer en las zonas vacías de gente, que son pocas, ya que aunque no hay mucha gente, la isla es tan pequeña que uno de los lados está casi lleno, aunque encuentro algo de paz en el extremo opuesto. Por fin veo a los peces payaso, los que tienen rayas negras y naranjas, con los que no había logrado encontrarme en Bali, aunque los corales están más desvaídos que allí y la presencia de vida marina es menor y menos variada. Después nado bordeando la isla y alcanzo el lado que no tiene playa, más salvaje. Allí subo a las rocas y me siento un rato en lo alto de la costa quebrada, mirando los barcos pasar a lo lejos como un náufrago solitario que no quiere ser rescatado.

Cuando vuelvo a la playa, al lugar donde he dejado escondidas mis cosas, me doy cuenta de que me queda tan solo media hora para coger el barco de las cinco y media, el último. No obstante, antes de ir hacia el embarcadero asciendo curioso por un camino que se adentra en la mitad junglesca de la isla y llego hasta la cumbre de una diminuta colina que está justo encima de las rocas done he estado sentado hace un momento. Me entretengo mirando las aguas cristalinas que rodean la isla desde el follaje silencioso e imagino acechar a algún barco pirata que desembarca en mi isla del tesoro. El camino de vuelta lo hago casi corriendo, apremiado por horarios en un lugar en el que el tiempo no debería obedecer sus normas habituales.

Estoy ya cerca de la playa, saliendo de entre los árboles, cuando escucho como algo grande se mueve entre la hojarasca, muy cerca. Me sobresalto y observo como un lagarto monitor de al menos un metro y medio de largo se desliza elegantemente hacia la protección de los arbustos. Antes de retirarse, el animal se para y me mira de reojo, examinando mis intenciones con sus ojos reptilianos. Aaron me contó que estos lagartos utilizan la cola para defenderse, dando latigazos que hacen que la piel se abra como si la hubieran golpeado con un sable. Me acerco un par de pasos, con respeto y muy despacio, para verlo más de cerca y él se aleja lentamente, ya con menos miedo. Algo más arriba, otro miembro de su especie le espera, y juntos se quedan en Pulau Mumatik, mientras yo enfilo la playa hacia el barco con premura.

Cuando a las seis me planto en el embarcadero tras una carrera de speedboats que volvían de las islas, Aaron, como era de esperar, no está allí. Los sabahanos tienen su propia concepción del tiempo, y es una en el que este suele transcurrir más despacio, donde las en punto suelen convertirse en las y media y así sucesivamente. Lo que no es de rigor, es que sean las siete y allí siga, sentado en el banco esperando a mi amigo. Decido moverme, buscar un supermercado donde comprar una recarga para mi móvil y llamarle. Resulta que no tiene el coche de sus padres y tampoco saldo en el móvil, así que acordamos que me dé una vuelta por la ciudad hasta que pueda recogerme para ir a algún sitio por la noche.

Me paseo pues sin prisa por el mercado principal y por el mercado filipino. Allí hay expuesta una espectacular selección de los pescados y demás productos del mar más extravagantes que he visto nunca. Descubro que los peces azules y amarillos que he visto mientras hacía snorkeling son comestibles, así como las mantarayas, el olor a pez muerto alcanza lo más profundo de mis cavidades olfativas y se asienta allí durante un buen rato. El mercado principal está más “puesto” para que los turistas y compradores ricos pasen y vean. El mercado filipino es menos decoroso, mucho más sucio y más auténtico, con los pescadores y vendedores coreando a pleno pulmón sus productos, echando cubos de hielo hacía un lado y tripas sanguinolentas hacía el otro, y apartando a empellones a los niños descalzos que corren y juegan por todas partes. Desde allí tomo una de las mejores fotos de puestas de sol que he conseguido durante mis viajes.


Pez venenoso a tope

Mantarayas

Colores del mercado

No está mal para una Sony cibershot de las antiguas, just saying...

Llamo a Aaron de nuevo y la situación es la misma, no puede recogerme y ya no hay mucho más que hacer en Kota Kinabalu. En un impulso, decido ir hasta el lugar donde se celebra el festival de la cosecha, pues Aaron me dijo que las celebraciones durarían al menos tres noches más y allí existiría la posibilidad de mezclarme con la población local de la misma manera que la primera noche aunque fuera solo. Intento recordar el camino que hice con Dajana y cojo el que creo es el mismo autobús, preguntando si es el que va al poblado cultural donde están las celebraciones. Un “eh….si, si” poco convencido es todo lo que obtengo por respuesta así que me la juego (el inglés sabahano no tiene nada que ver con el inglés remarcable de Malasia peninsular, aquí vuelven los gestos camboyanos).

De camino, empieza a llover, y yo empiezo a pensar en el barrizal que se va a formar en el poblado. Me extraña que todo el mundo se baje en otras paradas y que nadie parezca ir a las celebraciones, pues el día que fuimos aquello parecía el centro de la actividad festiva de toda Sabah. Mis peores sospechas se confirman cuando el autobús me deja en la carretera, en frente de la entrada, en el mismo lugar donde hace dos días habíamos sido arrastrados por la turba hacía una noche alcohólica y desenfrenada. Allí no hay nada. Ni un alma, ni una luz. El poblado está abierto pero totalmente vacío.

Paseo entre las enormes bolsas de basura donde se han almacenado los desperdicios del festival de la cosecha. Todo está envuelto aún por el olor de la cerveza, la lluvia cae sobre la oscuridad del poblado y repiquetea en la soledad de las bolsas negras. Unos señores juegan a las cartas en una mesa aislada en mitad de una de las cabañas. Me dicen que la fiesta acabó ayer. Me siento solo y hundido.

Caminando un poco por los alrededores del centro cultural sigo a una gente y acabo en un pabellón cercano, nada menos que en medio de la celebración del concurso de míster Sabah 2013. La situación es rocambolesca: yo desorientado, con mi macuto y mi barba de backpacker, rodeado de gente muy bien puesta. Siendo el único blanco de la gran sala, todo el mundo me mira con confusión cuando entro, justo por debajo de todas las gradas, cerca de las mesas donde están sentadas las eminencias de la belleza sabahana. Enseguida miro si hay algún tipo de consumición gratuita: una muestra de canapés, o las típicas copas de plástico con champán, pero no hay nada, muy rancios estos sabahanos. Lo observo todo desde el pasillo de entrada, estorbando, entonces junto a mí empiezan a pasar los maromos, no sé si son competidores o tan solo amigos del gimnasio de los competidores, pero son muy grandes y pasan casi empujándome. Cuando los culturistas empiezan a subir semidesnudos al escenario decido desaparecer de allí y me escabullo por una puerta trasera intentando no llamar la atención más de lo que ya lo he hecho.

Es entonces cuando miro la hora y me doy cuenta de lo que resultaba obvio tan solo echando una ojeada rápida al oscuro cielo nocturno: el último autobús de vuelta a Kota Kinabalu ha debido pasar hace ya un buen rato. Correr hacia la parada no sirve de nada, en el camino, un hombre con el que me cruzo me confirma la última hora de salida, lejana ya: estoy fuera de lugar, y también fuera de tiempo.

Aaron sigue sin poder recogerme, así que no me queda más opción que volver a la ciudad haciendo autostop. Saco el dedo y avanzo por el arcén calado, sin importarme ya la lluvia, que continúa calando a bobos como yo. En un principio pienso que la amabilidad demostrada hasta ahora por la gente de Sabah les hará parar enseguida ante la imagen de un solitario autoestopista bajo la lluvia. Esto no ocurre, o al menos no ocurre de forma tan inmediata, y pasan más de 45 minutos antes de que un coche pequeño se detenga en el arcén junto a mí.

El conductor duda un momento. Pese a mis gestos, tarda unos largos segundos en abrir la ventanilla, y no es hasta que me acerco y golpeo el cristal con mis nudillos que no veo su cara en el interior del coche. Se trata de un chico joven, de unos 30, moreno y bajito, estándar. Le pregunto si viaja en dirección a Kota Kinabalu, o KK, como dicen los sabahanos, y él me dice que no tiene problema en llevarme con un inglés justito. Me monto pidiendo disculpas por estar calado, aunque a él no le importa y parece contento de llevarme. Hay algo que me inquieta en el hombre, creo que es el hecho de que haya tardado tanto en abrir la ventanilla.


La conversación transcurre de forma normal, me pregunta de dónde soy y enseguida empieza con la alabanza tan habitual hacía los deportistas españoles. Me habla de Cesc Fabregas, de Rafa Nadal, de Casillas. A mí me cuesta entender su pronunciación de los nombres españoles pero le sigo la corriente con cortesía. Me dice que ha escalado el monte Kinabalu seis veces, se le ve un hombre deportista, yo le cuento que el precio impuesto a los extranjeros por todos los permisos me ha imposibilitado la escalada. Todo va bien, normal, sin incidencias, hasta que de repente, de improviso, el amable conductor pregunta sin tapujos: “¿Podría tocarte el pene?”.