domingo, 13 de enero de 2013

Santuario en la roca



A estas alturas, y aunque pueda parecer pronto, he aprendido a renunciar a ciertas comodidades y privilegios de mi vida anterior: Uno ya no se ducha por placer, se ducha rápido con agua fría, rodeado de suciedad e insectos (son pequeños al menos) en una ducha inundada, y rezando para que los gargajos que se han oído antes de que el vecino malayo saliera del baño hayan caído en el cubículo de al lado. Uno ya no duerme por placer, se conforma con mal-dormir las pocas horas en las que la temperatura baja ligeramente y se puede estar tumbado sin pegarse a las sábanas y, por supuesto, siempre con el debido permiso de ese perro demoniaco que ronda el callejón de abajo, que tiene la capacidad de despertar a todo el edificio con un solo ladrido. Uno ya apenas come con placer, se come lo que hay, guste o no, y si son cabezas de pescado frito como el domingo por la noche, pues cabezas de pescado frito sean. De todas formas el calor y la humedad han conseguido lo que nada antes, (y las personas que me conocen mejor lo saben) han acabado con mi hambre constante y voraz.

Lo que si se sigue haciendo con mucho placer es visitar los sitios espectaculares que este país aporta en compensación a su clima, sus insectos, sus perros de ladrido estridente y los escupitajos de sus lugareños, y uno de esos sitios, puede que el mejor hasta ahora, es la zona de las cuevas Batu.

En una entrada anterior ya hablé de Rick, el americano que fuma en la azotea. La cuestión es que hablando con él hace un par de días se ofreció a llevarme en coche a estas cuevas, que se hallan a pocos kilómetros al Norte de Kuala Lumpur. Así que me reúno con él por la mañana del domingo y después de que el “big teacher” nos de las llaves de un coche propiedad de la ONG (Rick tuvo que insistir hasta que por caridad nos dio el que tenía aire acondicionado) ponemos el GPS y en marcha.

Las cuevas Batu son un lugar que deja boquiabierto a cualquiera nada más bajarse del coche. Es necesario mirar las fotos que adjunto para hacerse una idea, pero intentad imaginad una gran apertura que parece partir la montaña en dos, rodeada de jungla, flanqueada por una estatua dorada de 43 metros de altura y rematada con una escalera de 270 escalones que sube a la gran cueva. El santuario está dedicado al dios Tamil Murugan y es a él a quien representa la gigantesca efigie.

La gran escalera al santuario

Alrededor de la entrada al santuario principal hay templos a otros dioses, entre ellos el dios mono Hanuman y Shiva. Allí es donde descubro que Rick es hinduista al verle aparecer con el Bindi o tercer ojo pintado en blanco en la frente por un sacerdote. Me pide paciencia mientras hace sus rezos y mientras yo miro los murales con iconografía hindú colorista que hay por allí, él da tres vueltas al templo mientras se inclina regularmente recitando sus mantras.

Rick es un tipo amable que me cae bien, está casado con una India y tiene una casa en el Sur de este país. Lleva a una vida plenamente asiática (India para ser exactos, nada que ver con la vida en ningún otro país del continente), hasta el punto en que un momento en el que debemos pasar descalzos a un templo al sol y el suelo de una gran explanada está hirviendo me pide perdón por su desconsideración: “a veces no recuerdo que a los occidentales os molestan estas cosas” dice con sorna. 

Decido entrar a la cueva descalzo, como hace mi compañero, pronto me arrepentiré amargamente de esta decisión. Subimos los 271 escalones en dos tandas, pues el anciano Rick debe parar a la mitad para descansar, en ese momento aprovecho para tomar algunas fotos de la entrada de le cueva y de la gran estatua dorada que se eleva al píe de la gran pendiente escalonada. La formación rocosa en la que estamos a punto de penetrar es realmente escarpada e irregular, constituida de roca que parece rugosa y relativamente blanda, como arenisca, sobre la cual la caprichosa erosión ha moldeado formas casi artísticas que parecen dientes en torno a la gran apertura.  Algunos de estos grandes “dientes” afilados y retorcidos como serpientes de roca parecen a punto de caer sobre los hindúes que entran y salen de la montaña. Esta visión sensacional, embellecida por la naturaleza salvaje y enraizada en la roca que cubre el resto de la montaña y desciende sobre la cueva como un alud verde, me hace sentir mal por no poder quedarme allí a vivir, o al menos durante el resto del día, hasta poder ver el sol ponerse sobre la lejana Kuala Lumpur, aún adivinada en el Sur neblinoso.

Al atravesar el orificio y cambiar el sol radiante que luce en este domingo por la oscuridad trémulamente tamizada por fuegos rituales del interior, mis ojos tardan unos segundos en acostumbrarse y percibir la inmensidad de la caverna principal. 

Muchas gotas caen del techo con hipnótica cadencia, formando charcos oscuros de agua estancada, espesada por excrementos de murciélago. Además de decenas de pequeños macacos que campan a sus anchas por allí dentro, esparciendo la basura que los encargados del templo agrupan, sin demasiado entusiasmo, en montones en las esquinas, hay gallinas, cuyos gritos son amplificados por las bóvedas naturales de la caverna, y algún perro que olfatea y persigue al resto de la fauna que allí habita. Ninguno de estos animales es reconocido por su pulcra higiene, y los hindús que por allí caminan escupiendo y tirando desperdicios a los animales tampoco contribuyen a que me sienta más a gusto sin mis zapatillas, que he dejado al píe de la gran escalera. Al menos llevo los calcetines, así que me los pongo y decido no pensar demasiado en lo que estoy pisando. 

Por suerte, las formaciones intrincadas de roca que muestran las elevadas paredes interiores y los jugueteos de los simios, que se pelean, se persiguen y trepan ágilmente por las escarpaduras, ayudan a evadirse.

Entrada al santuario
Formaciones rocosas de la entrada

En la primera estancia de la cueva hay varios templos en forma de pequeños edificios, pero no consiguen (quizá no lo pretendan), llenar el espacio colosal de la caverna ni eclipsar su grandeza, pasando en cambio casi desapercibidos. Mientras Rick realiza sus rezos, me paseo boquiabierto hasta que me duele el cuello de mirar hacía arriba. Observo entonces a los monos, macacos asiáticos estandarizados como los que pueden verse en tantos países de aquí hasta Pakistán, pero ligeramente más finos y alargados, quizá adaptados para trepar por rocas en vez de por árboles. En cualquier caso, como siempre, resulta muy divertido ver como se acercan a las personas y recogen los desperdicios que estos les echan. De vez en cuando alguno se pone tenso y abre la boca a modo de amenaza, ante lo cual me alejo con respeto, a sabiendas de que una leve mordedura o arañazo de estos pequeños cabrones podría mandarme para casa (Rick me cuenta después que si te muerden puedes ir también aquí al hospital, donde te pondrían 10 pinchazos en el estómago para prevenir las diferentes enfermedades que rezuman de sus dientes y uñas).

Subimos más escaleras y accedemos a una caverna secundaria y más pequeña con otros dos templos. En esta nueva estancia una gran apertura deja penetrar la luz exterior y si se mira hacía arriba se ve como la vegetación ha ganado terreno y se ha colado en la cueva por las paredes, con lianas y árboles que crecen casi en horizontal. Los monos siguen peleándose y trepando en manadas rapidísimas por las rocas verticales: 

http://www.youtube.com/watch?v=vRybxjhI1R4 

Caverna superior

Por desgracia, en esta parte de la cueva no hay demasiado más que ver, así que abandonamos el frescor cavernario y salimos de nuevo al sol demoledor. Hay otra gran sección de la cueva visitable, que desciende a lo más profundo de la montaña con lagos subterráneos y, según Rick, “really big and nasty insects”. El problema es que hay que pagar y el recorrido dura al menos tres horas. Rick tiene que estar en la oficina de la ONG en menos de dos así que decidimos comer algo y volver y yo me propongo pasarme por allí otro día aunque sea solo a ver esos insectos (no está a más de una hora de donde vivo).

Bajamos y me pongo las zapatillas por fin, mis calcetines están muy mojados y llenos de pura mierda de todo tipo de animales… Después cruzamos una hirviente explanada y nos metemos en lo que según Rick es uno de los mejores sitios para probar verdadera comida cocinada al modo Tamil, del Sur de la India. Pido lo mismo que él, un delicioso plato combinado de los típicos con arroz como base, verduras, un pedazo de salsa ultra-picante, chapatis y patatas con una salsa diferente, y comemos con la mano sobre una hoja de plátano (el sitio es tan local que no hay ni cubiertos ni platos). Me voy acostumbrando a comer con la mano, Rick me da algunos consejos para coger el arroz y mezclarlo bien con la salsa y hacer que no se caiga en el proceso de llevarlo hasta la boca con la mano derecha. Es muy, muy, importante que la mano izquierda no se use para nada (en el resto de la vida de estas gentes tampoco se usa, ni para dar la mano, ni para alcanzar algo, ni para tocar a otra persona), es algo que se considera tremendamente ofensivo y puede resultar motivo de conflicto, pues es una mano que se dedica, digamos, a otros menesteres: ellos no usan papel de váter.

Rick me cuenta como su mujer india le enseñó a no usar su mano izquierda a base de golpes y cuando, en un momento de lucha para cortar el chapati usando solo una mano se me escapa una rápida ayuda con la mano prohibida, se ríe a la vez que mira precavido por si lo han visto los camareros. Yo, por supuesto, si uso papel de váter, pero ellos no lo saben, y así es su tradición que hay que respetar.

A lo largo de la mañana, Rick me ha contado muchas cosas sobre su vida, sobre la India y sobre el hinduismo. Me ha contado que se separó y se fue a la India, donde se enamoró de otra mujer y decidió abandonar su antigua religión cristiana y convertirse, primero para que los padres de ella les dejaran casarse (aún después de la conversión le ponen reticencias y, de hecho, ella no está aquí porque los padres temen que se casen en secreto en Malasia), y después por convencimiento pleno. Que construyó una casa allí, en Tamil Nado, desde donde puede ver elefantes todas las mañanas, si bien estos animales no le gustan porque ha visto casas completamente arrasadas por sus avalanchas. Y que el dios Hindú que ha elegido es Krishna, dios del amor, representado en la iconografía por un bebé azul.

Después de la agradable comida fumamos un cigarrillo junto al coche y Rick me da las gracias por haber venido con él al templo (es justo al revés, yo debería darle las gracias por haberme traído), dice que se lo ha pasado bien y que se alegra de haberme podido ilustrar un poco sobre su religión.

Durante el regreso el GPS nos la lía, así de sencillo, se dedica a darnos instrucciones erróneas durante todo el camino con su molesta voz mecánica y nos pierde por una barriada de casas acomodadas hasta que casi terminamos por arrojarlo por la ventana. Tardamos muchísimo en llegar y nada más hacerlo, Rick se pone a sus quehaceres con la organización y yo me subo a descansar.
Más tarde me encuentro por allí a Sherry, la chica malaya que fuma conmigo ya como costumbre, es de padre Indio y madre china, y habla inglés y chino mandarín perfectamente. Chica maja e inteligente, además de bastante atractiva. Después, cuando cae el sol y el cuerpo recupera parte de la energía que el calor le ha estado robando durante todo el día, buscamos al viejo yankee y nos vamos los 3 a tomarnos unas cervezas al food court, un patio con mesas y mucha comida en plan buffet que siempre está lleno de chinos.

Los 3 formamos una terna divertida y bien complementada, con representación europea, americana y asiática. Además de todas las cosas interesantes que Rick sabe de la India, fue trabajador social en Estados Unidos durante años antes de expatriarse, así que por fin puedo hablar con alguien que de verdad sabe sobre lo que más me interesa de los States, los Rednecks!

Allí hablamos durante horas, hasta que nos dan las 3 de la mañana. Y nos vamos a la cama contentillos. El día siguiente, Lunes, es mi primer día de trabajo y parece que lo afrontaré con una moderada resaca. De todas formas, me acuesto contento por haber encontrado tan rápido gente con la que estar a gusto y compartir conversaciones largas, y siento por primera vez que me estoy adaptando a mi nueva vida.



miércoles, 9 de enero de 2013

Kuala Lumpur



Kuala Lumpur
Es sábado, y mi primer día libre en Malasia. Mi guía dice que todos los días salen a la venta 1.400 entradas gratuitas para subir al puente volante que une las dos torres Petronas y que estás suelen agotarse en torno a las 9:30 de la mañana (el puente de cristal está a menos de 200 metros de altura, y no se puede llegar más alto, lo cual me frustra un poco). Vivo extremadamente lejos de las torres así que toca madrugar, a las 7 estoy despierto y duchándome en mi cubículo preferido, el que se inunda pero al menos no tiene un agujero del que salen cucarachas (aún no las he visto pero me han dicho que, junto a las ratas de la cocina y del baño de arriba, son bastante comunes a primera y a última hora del día).

Después de desayunar dos puñados de arroz (literales, aquí se come con las manos en muchos sitios y es algo comúnmente aceptado así que ¿por qué fregar cubiertos o platos?) salgo a buen paso y consigo llegar a las torres en torno a las 9 de la mañana. Esta vez no hay pérdida posible, pues los edificios gemelos se ven casi todo el rato en la lejanía. Su arquitectura resulta fascinante, sobre todo por el acabado anguloso de las aristas que separan cada piso del siguiente, que le da un aire futurista que rivaliza con el estilo más clásico de los otros edificios gigantes que había visto hasta ahora, los rascacielos de Manhattan.

The Petrons!

Entro rápido en el colosal vestíbulo temiendo haberme quedado sin entradas después del madrugón, tan solo para descubrir que hay entradas  pero que cuestan 80 riggit cada una (unos 20 euros, claro, hay entradas de sobra). El problema de tener una guía desactualizada es que estas cosas pasan, y la mía es de 2007. No hay entradas gratuitas desde 2011 (the crisis, que también llega a Malasia).

Bueno, 80 riggit me parece una barbaridad para no llegar ni a subir 200 metros, por muy guay que sea estar suspendido en un pasillo de cristal entre dos torres gemelas. Me siento en el vestíbulo y lo medito durante unos 15 minutos…Al final decido que no pago y me voy a pasear al parque que hay al píe de las torres, desde donde echo algunas fotos e intercambio unas palabras con una chica asiática de nacionalidad indeterminada que también viaja sola. Nos hacemos el favor de tomar fotos el uno del otro con las torres y seguimos nuestros caminos.

Sé que hay otro mirador en la torre de televisión que está como a media hora de las Petrons así que allí me dirijo. Por el camino, el hambre me obliga a parar en un restaurante donde tomo mi segundo desayuno a un precio irrisorio: calamares muy picantes con arroz y verduras también muy picantes (ojo, son las 10 de la mañana, mi estómago estas cosas no me las perdona).

Cuando llego, compruebo que existe un servicio gratuito de furgonetas que sube hasta la colina donde se sitúa la torre de televisión, que me recuerda mucho al clásico Pirulí de Madrid (junto al que vivía). La entrada vale solo 47 riggit y la altura del mirador es de más de 350 metros, la relación calidad precio es evidentemente mejor que en las torres gemelas.

Desde arriba las vistas permiten analizar la interesante mezcla que se produce en Kuala Lumpur entre rascacielos de corte futurista y zonas absolutamente devoradas por la jungla (no todas ellas pertenecen a los gigantescos parques, algunas son simplemente solares donde no se construye y en los que la naturaleza gana la batalla a las tareas de mantenimiento). Además hay telescopios gratis, lo cual hace que me quede en el mirador más de una hora (total, el haberme levantado tan pronto me permite ir todo el día sin ningún tipo de prisa). Intento ver algo curioso, como un ajuste de cuentas en algún callejón, gente tomando el sol desnuda en las azoteas, un tigre corriendo por alguno de los parques… Pero nada, lo más interesante que veo es a un obrero inmóvil, de píe en el extremo de una viga sobre el vacío a más de 200 metros de altura en un edificio en construcción, pero enseguida vuelve a la seguridad del suelo firme, como si me hubiera visto espiar su actividad extraña desde el mirador.

Tras bajar, intento sin éxito que unas cacatúas enormes que hay en el vestíbulo de la torre digan algún insulto en español, después, continuo hacía el siguiente objetivo de la ruta que planifiqué la noche anterior con ayuda de mi mapa, Chinatown.  

Se trata de un barrio muy animado de casas bajas, muchas construidas durante principios del siglo XX, en el periodo colonial inglés (que duraría más de un siglo, hasta 1957). Las calles y el ambiente ya hacen que la visita merezca la pena por si solos, hay un mercado muy animado y lleno de ploductos de imitación muy balatos (“yes yes, authentic nike, leally good, it´s tlue”, amo a estos vendedores así que me parto hablando con ellos un rato).

Después de andar un rato por allí, encuentro un sitio increíble en un callejón muy pequeño y escondido. Se trata del templo taoísta de Sze Ya, al parecer el más antiguo de esta religión en Kuala Lumpur, y lo curioso es que está encajonado, casi aplastado, por dos edificios modernos, normales y hasta feos (aunque la verdad, nada sorprende después de haber visto el impresionante templo dorado de Katmandú, al que se accedía por un pórtico que desde fuera podría haber pasado completamente desapercibido para el viajero poco observador por parecer una vivienda estándar y carente de todo interés).

Dentro hay un pequeño patio con un mendigo que me pide dinero a cambio de señalarme, sin moverse del banco donde reposa, la puerta del templo, que yo evidentemente veía al estar esta flanqueada de dos enormes tronos dorados e indicada con vistosos caracteres chinos. Por supuesto, le doy las pocas monedas sueltas que llevo y entro con su bendición. El interior es magnífico: Pese a ser un edificio diminuto, hay mucha gente haciendo su vida allí, ya sea fabricando esculturillas de madera, rezando, tocando campanitas metálicas regularmente o vendiendo incienso. También hay un gran horno de ladrillo ennegrecido en la entrada donde se echan ofrendas y grandes cartulinas rojas con mantras colgadas del techo y las paredes, cosas que no había visto en los templos taoístas de China; en general, es todo más colorista y sobrecargado que allí. Hay paneles de madera tallados con un detalle impresionante y tres o cuatro altares diferentes con ofrendas variadas en forma de comida, flores, huesos de frutas (?), figuritas de cerámica fina representando a los dioses o barritas de incienso, entre otras muchas cosas.

Al ser un lugar muy pequeño y totalmente lleno de objetos y gente, llego a sentir que estorbo en cierto modo, pero no quiero irme tan pronto. Inclino la cabeza ante una anciana china que toca campanas y que debe ser la principal sacerdotisa (si es que se llama así en el taoísmo) y ella me sonríe ligeramente sin decir palabra, dándome con ese gesto su beneplácito para que esté por allí un rato más.

Y en efecto, me quedo encantado durante un rato largo, pues la paz que se respira es inspiratoria. Por supuesto, dada su (privilegiada) localización escondida, soy la única persona ajena a la vida del templo que hay allí, aunque por un momento, siento que pertenezco al lugar de algún modo.
Con gran pesar, me despido del mendigo y abandono el lugar, prometiéndome que volveré regularmente por allí.

Templo Sze Ya

Continuo paseando por Chinatown y en un momento dado decido desviarme de la calle principal y colarme por un callejón que me resulta atractivo por estar lleno de guarrería y de chinos que entran y salen. Allí me encuentro con un espectáculo que no me esperaba: El callejón es en realidad un complejo de calles cubiertas y muy estrechas donde hay un mercado enorme de productos frescos chinos. Ojo! Es probablemente el lugar más asquerosamente duro para los amantes de los animales en que he estado en mi vida. He colgado un vídeo que grabé allí dentro (solo 2 minutos) para que podáis haceros una idea de lo que era aquello, recomiendo que los que se consideren amantes de los animales o vegetarianos radicales no lo vean, aquí está el link:http://youtu.be/-5bZNWb9dlA 

En el vídeo no se ve, pero en otra sección del mercado, más allá de donde se ve al tipo semidesnudo cortando pescado, había un puesto de carne con gatos medio moribundos en jaulas pequeñísimas, ogserven la foto:

Estaba el señor Don Gato, sentadito en su tejado Marrama miau miau miau (8)

Después de darme un par de vueltas por allí y salir bastante impactado, sobre todo por el olor, sigo un poco más y me encuentro con el templo Mahamariamman, hinduista, que posee una puerta de entrada a forma de amalgama de estatuas  de 20 metros de altura bastante impresionante. Por dentro es muy tranquilo aunque no tiene demasiado que ver, a parte de la típica iconografía hindú estridente y recargada. 

Templo Mahamariamman

Continuo hacía el sur de Chinatown mientras empieza a nublarse. Allí encuentro otros dos templos taoístas, situados en una rotonda en la que también está el parlamento de asuntos chinos (al suponer un tercio de la población de Malasia, son una comunidad con bastante poder). Uno de ellos está dedicado a la diosa Guan Yin de la clemencia de los mares del Sur, pero por desgracia, y pese a haber un Buda Sakyamumi en el segundo de ellos, ninguno consigue transmitir las sensaciones de Sze Ya.

Era hora de comer, así que decido buscar un sitio de comida china auténtica, cuanto más sucio y tradicional mejor (por desgracia, no escarmenté suficiente en mi viaje a China). No obstante, durante la búsqueda comienza una tormenta tropical de las moderadas pero perfectamente capaz de inundar las calles en pocos minutos, así que me veo obligado a parar en el primer sitio que veo, una carpa de comida india. Pido señalando lo que tiene mejor aspecto de entre los platos expuestos y como un curry picante con arroz y pollo bastante decente regado con zumo de piña demasiado espeso y algo grumoso (pero grumoso sospechoso, no de pulpa).

Después debo esperar al menos media hora hasta que la lluvia para algo y me permite continuar. Siguiente parada, la plaza Merdeka (Merdeka = Independencia). Allí se encuentra el que al parecer es el mástil con bandera más alto del mundo, de 100 metros (al menos era el más alto en 2007, guías desactualizadas…), de donde se arrió la Union Jack el 31 de Agosto de 1957 para izar la bandera malasia. 

Plaza Merdeka

La plaza resulta muy curiosa porque en realidad no es una plaza sino un gran campo de cricket de la época colonial. A un lado del césped están los edificios del club Selangor, sede social de la élite del país desde principios del siglo XIX, muy coloniales, bajos y de madera. Enfrente está el edificio del Sultan Abdul Samad, que es curioso porque mezcla arquitectura mogola (del gran imperio mogol de la India), arábica y colonial, y destaca por la belleza de sus suaves cúpulas bañadas en bronce. Al Sur de la plaza están la galería y la biblioteca nacionales y al Norte, por donde me dirijo, unos arcos conmemorativos que no recuerdo que conmemoraban y la catedral de la Santa María (construida por los colonos ingleses en el siglo XIX), que me impresiona bastante por estar totalmente desierta y porque nunca había visto un santuario cristiano colonial (ver foto si se quiere apreciar las diferencias con las catedrales metropolitanas europeas).

Catedral de Santa María

El siguiente destino, y ya último, es Little India, al Norte de la gran mezquita de Jamek, que desgraciadamente se encuentra cerrada por reformas. Antes de seguir hacía allí, otro chaparrón más corto me retiene en el soportal del edificio del Tribunal de Faltas Menores (vaya por dios…), que llega a inundarse de tal forma que los que nos refugiamos allí acabamos apiñados en los escalones superiores de la entrada.

Little India me gusta menos que Chinatown, quizá sea porque no me permiten entrar en la Masjid India (Masjid = Mezquita) por no ser musulmán, fastidiando así mi propósito de visitar una catedral, una mezquita, un templo hinduista, uno taoísta y otro budista/taoísta en un mismo día. También puede ser debido a que a estas alturas ya empiezan a dolerme los píes de tanto andar (recuerdo que había salido a las 7:30 de la mañana y son ya en torno a las 17:30).

En la puerta de la mezquita, no obstante, mientras me quejo de que no me dejan entrar, conozco a un malayo musulmán bastante divertido que me habla de las normas del Corán, y de como no permiten entrar a los no musulmanes en los santuarios. Le digo que yo he estado en mezquitas en España y en otros países europeos y acaba casi pidiéndome perdón por que no me hayan permitido el acceso.  Después me acompaña un rato y me habla de la cantidad de indios que se han convertido al Islam a lo largo de la historia, no solo en Malasia sino también en la propia India y del respeto que existe tanto aquí como allí por ellos y por los demás que han optado por otras religiones diferentes al hinduismo, como el budismo.

Nos separamos y yo prosigo mi caminar incansable atravesando otro mercado, este de productos indios, infinitamente más limpio y con olores mucho más apetecibles (flores, dulces, currys de muchos tipos, fritanga india, etc) y al mismo tiempo menos fascinante que el de Chinatown: http://www.youtube.com/watch?v=rJ3Rzhfsdgw&feature=youtu.be Pongo el vídeo para que se vea la diferencia.

Estoy llegando al final de mi recorrido por Kuala Lumpur y, aunque estoy destrozado, decido andar un poco más para llegar al Norte de Little India y ver los grandes emporios textiles llenos de trapos baratos que tienen allí y que seguro habrían atrapado como plantas carnívoras a mi madre y a más de una amiga mía. También hay una zona de bares con mejor pinta que el Triángulo Dorado.

Es entonces cuando vuelvo a casa, llego a las 7 pm, lo que significa que, quitando las paradas a comer, el rato de la tormenta y ambos trayectos en tren, he andado casi 10 horas en este sábado.
Mi compañero de habitación ha vuelto de su viaje, aunque no está en la habitación en ese momento, lo sé porque algunas de sus cosas han cambiado de sitio y porque ha quitado mi funda del portátil del que debe ser SU armario, comprado por él. Mis esperanzas de que quitara algunas de sus cosas para hacerme hueco en su interior se desvanecen, no tengo armario.

Es en la cena cuando conozco a una chica malasia muy maja que me encuentro luego en la terraza fumando a última hora. Es tan maja que me dice que tiene algo de marihuana escondida y que si quiero fumar con ella después. Desde luego a mí parece que las drogas me persiguen…porqué al igual que cuando me fui a Inglaterra, me había propuesto abandonar (o al menos reducir) todo mal hábito al venir a Malasia y, bueno, lo había conseguido durante dos días… Pero ¿quién puede decirle que  no a una chica guapa que te ofrece un canuto…? Eh ¿quién? Así que accedo prometiéndome que va a ser la última vez durante al menos un tiempo, ella dice que lo trajo de Tailandia y que no tiene más ni piensa comprar nada en Malasia, bien.

Fumamos una L de droja bastante fuerte y vuelvo a la habitación algo “high”, y es así como he de ver por primera vez a mi compañero de cuarto, italiano de 33 años, que empieza a preguntarme cosas sobre mí, sobre como me encuentro allí, y sobre muchas más cosas. La conversación se me hace eterna, los intentos de no parecer colocado lo empeoran, el tipo además es de mi departamento, me pregunta incluso por mi formación, aquello parece una entrevista de trabajo (recordemos las estrictísimas políticas anti drogas y anti todo de la ONG)… Mal rato chavales. Al final consigo evadirme y voy al baño a lavarme la cara y a despejarme un poco. Cuando vuelvo está en calzoncillos, bueno normal, vamos a vivir juntos en un lugar con temperaturas y humedad extremas, no vamos a ir vestidos todo el día.  La cuestión es que el tío es un tanto amanerado y casi me entra la risa (de hecho tengo grandes, grandísimas dudas sobre su sexualidad, oye, que por mi perfecto mientras nos respetemos), me empieza a hablar de nuevo, yo aguantando el tipo, terrible situación. Sinceramente, no sé qué primera imagen se llevaría de mí. Desde entonces he estado siendo amabilísimo con él para compensarle en cierto modo.

Aprovecho cuando hay un breve silencio para dar por terminada la lamentable conversación (lamentable por mi parte ojo, que el tío es educadísimo), me despido y me doy la vuelta en la cama para que no vea que aún sigo con los ojos bien abiertos y con la ralladura por si se ha dado cuenta y le dice a los jefazos que voy fumado por la vida. Tardo bastante rato en dormirme y así termino un día largo, agotador y estimulante por igual.

lunes, 7 de enero de 2013

Segundas impresiones



Pese a que sé que siempre es más divertido leer cuando a la gente le va mal, que muchos esperan un relato de como me vi obligado a cazar ratas con cañas de pescar en las alcantarillas cercanas, he de decir que mis segundas impresiones en mi nueva vida y trabajo han sido relativamente buenas. Y digo relativamente porque todavía hay ciertos puntos oscuros que luego describiré.


Mi primer día en la oficina resulta bastante agradable. Por la mañana me reúno con la que será mi jefa de ahora en adelante, una señora malaya que vive en el tercer piso del edificio y que, pese a ser moderadamente atractiva, tiene un número indeterminado, pero alto, de hijos. De su casa salen llantos siempre que paso por delante, y ya la he visto con al menos tres diferentes en los brazos (son muy parecidos entre ellos, por eso no se si son 3, 5, o el mismo todo el rato).  Todos viven allí y tienen un piso entero del edificio para ellos (¡Ejem!), también su marido, un indio gordo que podría perfectamente hacer de esbirro de un villano en una película de Bollywood.


La mujer es extremadamente amable conmigo, dedica una hora solo a ponerme al día, hablarme de mi futuro trabajo, presentarme gente y resolver ciertas dudas que tengo como donde cambiar dinero sin que me sableen los piratas de los bancos, o la endiablada contraseña del wifi, que aún se resistía. Ella se esfuerza bastante en animarme: me cuenta que hay muchos días libres debido a la cantidad de festividades que existen en Malasia como resultado de la amalgama que conforma el cuadro religioso del país (en breve por ejemplo, será el año nuevo chino, aunque también hay muchas fiestas islámicas, hinduistas y las clásicas cristinas que todos conocemos). Yo, pese a estar bien a gusto sin casarme con ninguna doctrina, pienso celebrar hasta el último día que tenga libre gracias a ellas como el más devoto. Llamadme arribista pero eso quizá me permita regalarme viajecillos de 4 o 5 días en vez de tan solo fines de semana, si hay que hacer Ramadán, pues se hace oye.


También me cuenta que viajar entre países cercanos es relativamente barato si se reserva con antelación y que en un futuro no lejano me mandarán a ver los diferentes centros que la ONG tiene en otras partes de Malasia y en países cercanos (cool, cool). Al final me acaba dibujando hasta un mapa de los alrededores con las ubicaciones más útiles ¿dónde estuvo esta mujer el día anterior, durante la debacle de llegada?. Así que estoy de buen humor, además alguien llama a la jefa a una reunión antes de que le de tiempo a encargarme que haga nada y allí me quedo vagueando en mi puesto de la oficina.


El ambiente en esta gran habitación es bastante animado, hay gente muy variopinta trabajando, seremos unos 10 occidentales y unos 20 o más entre malayos y asiáticos de nacionalidad indeterminada. Yo pongo cara de concentrado y finjo estar trabajando en algo importante, si nadie pregunta, todo el mundo presupone que alguien me ha encargado algo (en realidad estoy leyendo comics y tomando notas para el blog). Si bien, en un momento de debilidad, me siento algo inútil y pregunto a la gente de mi departamento, el de comunicaciones, que si quieren que les ayude con algo; ellos responden con amabilidad y me dicen que por esta semana (estamos a viernes) está bien con que me asiente y conozca a la gente, que ya el lunes me encargarán algo. Uno de ellos me dice incluso que porque no me echo una “siesta” que si es que no soy un español de verdad; he lidiado con esta fama de vagos que nos persigue a los españoles (no del todo exenta de cierta base real) durante demasiados viajes, así que tan solo sonrío y me lo tomo como una excusa para escabullirme de la oficina e ir a mi rollo.


Como ya es algo tarde, decido acercarme a Kuala Lumpur a dar una vuelta y tratar de encontrar alguna zona con ambiente nocturno (la fama de crápulas también está fundada, lo reconozco), pero antes me encuentro con Rick, un americano algo ajado por los años (tendrá unos 50) que me saluda jovialmente. Desde el principio me cae bien, ya que me indica tres o cuatro lugares donde él suele fumar a escondidas (no lo he comentado aún, pero en LETS son muy estrictos con las normas anti tabaco y anti alcohol, no se puede fumar ni siquiera cerca del edificio para que no lo vean los alumnos de la institución que pasan por allí, no digamos ya tomarse unas sidras y ponerse taja). Rick me habla entre susurros de su reducto de libertad, la azotea, así que allí voy, a estrenarla con un buen cigarl.


Múltiples colillas y botellas vacías de cerveza e incluso una de whisky atestiguan los vicios ocultos de Rick y quizá de otros integrantes de la ONG. No obstante, entiendo rápidamente que la gente suba allí a evadirse, el panorama es ciertamente espectacular: a un lado, la selva se extiende por suaves lomas, al otro, el refinado skyline de Kuala Lumpur con las Petronas y la torre de comunicaciones destacando entre las neblinas de contaminación y más allá, hacía el Norte, montañas desiguales y escarpadas y las cuevas Batu a lo lejos. Lo que yo llamo un piti con vistas vaya. 


Mientras fumo, aprovecho para empezar mis lecciones de Malay, el idioma local de aquí, que tengo entendido que es fácil y se puede aprender en pocos meses (se trata de una lengua que surgió del trueque entre diferentes comunidades isleñas y los chinos y los indios, así que no hay apenas tiempos verbales y no se diferencia entre masculino y femenino). Saco mi librillo de frases y en el transcurso de un cigarro aprendo a decir correctamente “buenos días”, “gracias”, “bienvenido”, “no te entiendo” “si” y “no” (han pasado dos días más y es aún lo único que se…).


Cuando termino, estoy listo par agarrar mi mochila y aventurarme al centro a ver que encuentro por allí. Decido ir andando a la estación, pese a que muchos me han aconsejado que coja un taxi porque está lejos y el camino no está bien definido. Al final llego sin problemas, a buen paso, en menos de 20 minutos. La única adversidad es que hay que circular durante un tramo por una carretera sin aceras ni apenas arcén, si bien en esta zona las carracas que conduce la gente no pueden alcanzar una velocidad excesiva y no es peligroso.


El tren tarda, se para, y me desespera. Estoy otra vez ante uno de esos aires acondicionados que te hacen echar de menos el calor del exterior. Además, me llevo una curiosa sorpresa cuando en un letrero en la puerta leo “wagon only allowed for women”. Miro rápidamente a mi alrededor y en efecto, me hallo rodeado de mujeres, algunas de las cuales se ríen ante mi confusión. Puedo ver a los hombre hacinados en el vagón de al lado… Como solo me queda una parada (he ido durante otras 2 en el vagón femenino empanado sin darme cuenta) decido hacer como si no entendiera el cartel y quedarme allí, seguro que huele mejor que en el de los hombres. No obstante, estoy deseando llegar, pues ahora que lo sé, noto clavada en mí la mirada reprobatoria de muchas mujeres a mi alrededor.


El plan que tengo es tratar de llegar sin coger ningún otro transporte público al Triángulo Dorado (una zona que según la lonely planet goza de cierto ambientillo), ver de paso la ciudad por la noche e intentar tomar una cerveza no excesivamente cara. Todo bien al principio, hasta que se me cruza el mapa, me lío sin necesidad tratando de coger un atajo y me pierdo en los endiablados callejones del centro de la ciudad. Para cuando me reubico, descubro que llevo un rato alejándome de mi destino así que doy media vuelta y tras casi dos horas andando (la visión de las torres Petronas iluminadas, que aparecen a intervalos entre los otros edificios durante todo el camino, es estremecedora) logró llegar por fin al Triangulo de Oro.

He de reconocer que el lugar no me gusta, la gente va muy arreglada, los sitios son caros y de ambiente “exclusivo” y la música viene a ser la misma que se podría escuchar en una discoteca europea, o sea, mayormente, una bazofia.


Francamente decepcionado me aparto del bullicio y me siento a valorar el coste de oportunidad de tomarme una cerveza esa noche en un sitio que no me agrada. Rápidamente me aborda una prostituta, sale de la nada, de repente me giro y está allí cerquísima. Habla un inglés pésimo y está visiblemente drogada hasta las cejas, siento lástima así que hablo un rato con ella. Me dice que puedo llamarle como yo quiera, pero que prefiere Angel o Queen, yo practico mis frases en malayo. Ella lo interpreta como un interés que en realidad no existe así que se va acercando hasta el punto que tengo que apartarla y abandonar mi cómodo asiento. Veo a lo que parece ser el chulo haciéndole gestos desde no muy lejos y entonces aparece un cliente habitual que la saluda rudamente y la agarra del brazo. El tipo en cuestión es un palestino que también me saluda, a mí más amablemente. Sin mucho más que hacer allí aprovecho la ocasión para despedirme con cortesía y dejarles a sus cosas, es momento de emprender el larguísimo camino a casa.


Resulta increíble, lo sé, pero sin saber bien como consigo despistarme de nuevo y dar un rodeo innecesariamente largo por una zona llena de mendigos durmientes y yonkis muy apalancados que no parece que pudieran mover un solo dedo ni aunque estuvieran ardiendo (¿opio quizá?). De todas formas, gracias a un buen ritmo de marcha consigo alcanzar el último tren para Segambut con tiempo, he andado unas  4 horas en total.


Al llegar a la estación y en el camino de vuelta al edificio donde vivimos me pilla una tormenta tropical casi con el mismo impulso súbito con el que la prostituta me había asaltado horas antes. No me queda otra que correr hasta casa si no quiero acabar llegando en barca, asique el camino que normalmente se hace en 20 minutos lo reduzco a 10. Al final en el cuarto, escurro mi ropa como si me hubiera caído a una piscina y observo un rato la lluvia y los relámpagos (los más bestias que he escuchado en mi vida) desde la ventana antes de meterme en la cama, demasiado exhausto para reflexionar sobre el día.

 
Torres iluminadas